domingo 7 de junio de 2009
Día 6. El día amanece en la zona rebelde
En Korogho, no hay gran cosa que ver, sin embargo todo es impresionante. Un mercado laberintico de vendedores al por menor, el hospital, el colegio, el cuartel del ejército rebelde, pocos coches pero todos ellos prehistóricos y una flota inmensa de ciclomotores más o menos destartalados. Todas estas perspectivas ganan en espectacularidad y emoción desde la parte trasera de la pick up de la misión. No sólo las agitaciones y sacudidas, provocadas por los constantes socavones que se surcaban un camino trazado por el espontaneo transcurrir de viandantes sin destino claro, sino también por la emoción de sentirte la estrella de una carroza a la que todos los presentes propinan reverencias y saludos. Que inmerecido y gratificante, recibimiento.
Estos instantes de entusiasmo sólo son superados por el genial repertorio humorístico de Carlos, uno de los directores de la misión con el que vamos a tener el privilegio de compartir estancia y víveres.
"¿Cuál es la diferencia entre un americano y una vaca rumiando?..... La mirada de inteligencia de la vaca."
Siguiendo con su análisis comparativo de las sociedades del mundo, afirma sin dejar resquicio al escepticismo:
"En el mundo hay dos tipos de personas. Primero están los navarros y después los que quisieran serlo."
A la vez nos enseña un par de brindis cargados de sarcasmo:
"Por los muertos, que morirán esta tarde."
"Por los locos, por los tontos, por los asesinos, por los ladrones, por los militares, por los políticos y por el señor obispo."
Después de todos estos apuntes doy por supuesto que los lectores más avezados habrán concluido que este menú fue acompañado de una copiosa ración de cerveza.
miércoles 13 de mayo de 2009
Día 5. ¿Quién soy?
El reloj solar que forma la sombra de un temerario árbol desojado en el medio de la nada, marca las tres de la tarde. Lorenzo, que es como se llamaba nuestro anfitrión no había previsto alimento alguno para nosotros. Mi cuerpo espera intranquilo a que llegue el momento de ingerir algo sólido o líquido. Nunca antes he experimentado la flagrante insatisfacción de necesidades tan básicas. Oscar habla con Lorenzo aparte y este propone a los recién llegados comer en el maqui de la calle un pescado asado, que el describe y prescribe como delicioso.
La multitud acepta resignada. No les agrada la perspectiva de abonar una comida a la que creían estar invitados. Honestamente, mis preocupaciones son otras, la sugerencia no me entusiasmaba especialmente. Otra vez pescado asado picante y además de pie. En mi estado de languidez me pregunto ¿Dónde quedan esos homenajes gastronómicos con los que honraba a mi gaznate, en el sofá de mi casa mientras veía el magacín
Deportivo? Ya sólo era una vaga ilusión, no existe y probablemente después de lo que estoy viviendo no volverá a tener sentido. Mientras mi mente divaga, mi cuerpo ya se ha encaminado autónomamente hacia el establecimiento, ya al fin un puchero de calentado con gas en un lado de la carretera es un establecimiento en toda regla. Alguien me agarra del brazo y detiene mi marcha. Es Oscar que me comunica que nosotros no iremos a comer con el resto. Me comunica que, una vez los jóvenes se hubieran ido, dos maravillosos platos de arroz nos serían servidos. Yo no veo con buenos ojos tal discriminación positiva hacia mi persona, no me considero merecedor de esa distinción. Oscar en cambio está poseído por la sensación de hambre y altivo, anima a aquellos hombres a partir. Yo no soy fui capaz de reaccionar, mi conciencia me pedía que impidiese tal injusticia, pero mi sistema nervioso agotado por el cansancio seguía tan sólo las directrices de mi estomago. Tenedor en mano sentía rencor hacía mi falta de valentía y sentido de la fraternidad para con aquellos compañeros de viaje a los que habíamos echado de casa y negado alimento para poder disfrutar nosotros de él. Me gustase o no estaba comiendo ese arroz por el único hecho de ser blanco. Me siento un Judas, para Djorou. La confirmación de todo lo que el me había comunicado en la furgoneta. “Los blancos sacrificamos el bienestar de los negros por el nuestro propio.” Como en todo acto de deslealtad aún queda la parte más dolorosa para el infiel: ser piyado in fraganti. Cuando estamos dando cuenta de nuestros platos, uno de los jóvenes entra en búsqueda de agua. Nos mira con desengaño. “Blancos y negros no comparten mesa ni alimentos”. Ante su mirada me siento incapaz de pronunciar palabra. “Tierra trágame”.
Me siento un traidor y así se lo hago saber a Oscar. Sin embargo, él no parece inmutarse. Su felicidad por haber regresado a la ciudad de la cual hacía cinco años que no tenía contacto, hace que la felonía de la cual yo he sido cómplice minutos antes, pase inadvertida y llegue a convertirse en un hecho mundano y completamente natural. Simplemente, “No había comida para todos”.
Me retiro a reflexionar a mis aposentos. A mi paso por el patio soy objeto de las miradas desidia del grupo de jóvenes. Djorou ni se molesta en mirarme. No se si en este momento soy todo lo que odio u odio todo lo que soy.
Al llegar a la habitación, intento distraer mi auto fobia deshaciendo la maleta. Una vez he acabado, procedo a lavarme los dientes para eliminar toda señal de traición y deshonra que aún permanecía conmigo. Empuño el neceser que mi madre me ha preparado días siempre preocupada por mi higiene haya donde vaya. Al abrirlo contemplo como dos productos, que jamás en mi vida había utilizado, aparecen entre el amasijo de medicinas y enseres: hilo dental y crema hidratante. Me siento un pijazo insoportable jugando a ser solidario. ¿Para qué cojones quería yo ese hilo dental en África?; como si de un autómata capitalista se tratase, comienzo a utilizarlo frente a un diminuto espejo. Siento entre rabia y asco hacia a la persona que está reflejada en aquel vidrio. ¿Quién soy en realidad?
martes 21 de abril de 2009
Día 5. Fín de viaje
- ¿A dónde va patrón?- dice el hombre Kalasnicov a Oscar.
- Somos de una misión católica y vamos a Korogho.- dice Oscar con la voz entrecortada pero con más aplomo del que yo podría soñar poseer en esa situación- y no me llame patrón, porque no lo soy.
- ¡Esos de allí detrás, no parecen misioneros europeos precisamente!, entrégame la documentación de todos.
En ese momento hecho la vista atrás y observo la mirada de asco de Djorou y los demás ante las palabras y la sonrisa prepotente del Kalasnicov parlante. Buscan, sacan sus papeles con la indignación de tener que rendir cuentas a esos hombres que habían puesto patas arriba el país y matado a muchos de sus amigos que fueron reclutados forzosamente.
Yo, demostrándome a mí mismo y a todos los presentes lo insulsa que puede resultar la planificación cuando uno es tonto de remate, descubro que mi pasaporte está en el bolsillo secreto, junto con toda la pasta gansa de la que somos portadores. Saco el pasaporte desposeyendo de su identidad al bolsillo secreto. Salvo que demuestren ser extremadamente poco observadores y definitivamente bobos, nuestros asaltantes ya saben dónde encontrar lo que buscan. Sudor frio. El corazón se acelera. Uno de los rebeldes se lleva toda la documentación y se adentra en una caseta de madera a comprobarla. Pero Don Kalasnicov nos formula una oferta que no sé hasta qué punto es sabio rechazar:
- Patrón, nos podríamos olvidar de todo este lio, si hicierais alguna donación para nuestra causa.
Me pregunto a qué se referirá con eso de su causa. ¿La rebelión en Costa de Marfil?, ¿La revolución mundial de los vagos y maleantes? o ¿La asociación en pro de los niños soldados? Al no abrirse un turno de ruegos y preguntas y movido por el puro instinto de supervivencia, me guardo la reflexión.
- No tenemos nada para ti. Nada de lo que hay en esta furgoneta nos pertenece así que no podemos dártelo.
No sé si Don Kalasnicov realmente estaba interiorizando la clase de lógica aristotélica que Oscar acababa de darle, pero yo me quedo impresionado.
- ¡Patron!... no me engañe, no me lo creo.
¡Y tanto que lo había pillado! Lejos de quedarse paralizado por los argumentos de Oscar, Don Kalasnicov pone en duda el axioma de partida “Nada de lo que hay en esta furgoneta nos pertenece” para desmontar su conclusión “No tenemos nada para ti”. Por mi parte, comienzo a estar tan atónito como asustado.
- ¿Patrón yo?...por qué piensas que yo soy el patrón.
- Si tú no eres el patrón rico quién va a ser.
- Él.-dice Oscar señalándome- Él es el patrón.
Este es un ascenso repentino, inmerecido y a todas luces inconveniente. Don K me mira de arriba abajo y me sonríe. Creo que me toca empezar a narrar en primera persona esta historia.
- ¿Qué tienes para mí, padre?
Palpo en mi cuello esa cruz de madera que me habían recomendado llevar precisamente para en situaciones así, ganarme la empatía de los asaltantes potenciales.
- …nNn…- ni articular palabra puedo.
- Nada. No tiene nada. No habla muy bien francés aún- Dice Oscar de manera providencial.
- Patrón, tu sabes cómo está la situación. Nosotros estamos dando la vida por nuestro país y nadie nos paga. Usted es rico, denos algo para comer.
En sus palabras se percibía un cinismo galopante, sin embargo la contemplación del Kalasnicov apuntando hacia nosotros hacía que nos tomásemos sus palabras muy en serio. Sin embargo, Oscar responde rápido y no muestra vacilación alguna.
- No tenemos nada para vosotros. Lo siento.
Don K atisba otro vehículo en el horizonte, hace un gesto hacia la caseta y el agente antes mencionado vuelve corriendo con nuestra documentación.
- La documentación es correcta. Sigan con su camino y recen por nosotros.
- Lo haremos.- responde Oscar apretándole la mano.
Apartan las bandas de clavos y la furgoneta esta vez sí, arranca a la primera. Salimos del enclave. Me invade la excitación propia de haber salido de un peligro. Siento el impulso de hablar para liberar la tensión. Felicito a Oscar y comento su actuación. Yo no sé si ese temple es innato, lo obtuvo en la mili o si no le tiene ningún apego a la vida. Oscar me explica que no había peligro de muerte puesto que si uno de éstos se carga a un blanco, “se le cae el pelo hasta de la nariz”. Yo sin saber hasta qué punto esa afirmación es verosímil, le pregunto si con eso quiere decir que de los pobres autóctonos que paran sí que sacan tajada. Me responde que de ellos es dónde hacen dinero que a nosotros nos paran por pura diversión… Y yo que les hace un momento les hubiera dado hasta la última de mis pertenencias para que no me dieran sepultura. ¡Qué cobarde y bobo soy, pero que feliz de estar vivo!
jueves 29 de enero de 2009
Día 5. A dormir
Se reanuda la marcha. Le digo a Djorou que tengo que reflexionar sobre todo lo que me ha dicho y que me sentaré entre Oscar y el conductor, en la parte delantera, concretamente, disfrutando de cada movimiento de la palanca de cambios.
Intento poner en orden mis pensamientos. Entiendo que el gobierno y el ejército francés intenten asegurar para sus empresas, la explotación de cacao, café y gas. Además supongo que para ellos es sumamente atractivo tener un mercado cautivo para explotar el monopolio de la industria telefónica, la energía y la construcción de infraestructuras. Pero ¿Hasta donde llega el afán de un país occidental como Francia por asegurarse un caudal seguro y constante de divisas? La perspectiva negativa a la que me enfrento, me hunde en el desánimo. Intento compartir con Oscar mi reflexión, con la esperanza de que él me dé un contra argumento que sofoque mi desasosiego. “Mi gozo en un pozo” pues Osar me dice exactamente lo que no quería oír. “Los franceses sólo se mueven por sus intereses, a mi me ha llegado que ellos fueron los que fomentaron la rebelión y la guerra, pues armaban a los dos bandos. Todo porque el gobierno legitimo quería liberalizar ciertos mercados y empezar a hacer acuerdos comerciales con China. Ahora se habla de alto al fuego, pero también corren rumores de que han encontrado yacimientos de petróleo o de diamantes. A mi los franceses no me gustan un pelo”. A mi lo que me apena más es que creo que no son los franceses los indeseables. Es el dinero el que nubla el juicio del hombre hasta el punto de empujarle a la barbarie. Unas agitadas turbulencias me sacan de mi reflexión. Nos acercamos al frente de guerra. El irregular y desgastado asfalto quedaba atrás y en el horizonte solo se proyectaba un camino de tierra donde los baches hacían del zigzag la hoja de ruta. Le pregunto al conductor porqué dejaron de asfaltar en ese punto. El entre risas me responde que asfaltar lo asfaltaron todo pero que durante la guerra, los rebeldes arrancaron el asfalto para fabricar sus trincheras. Su testimonio me descoloca. ¡Con las manos! Agus o Aruma, quién quiera que seas creo que es hora de ir a dormir.
miércoles 28 de enero de 2009
Día 5. Europa extremece
- Mira Aruma*, yo fui un niño de la calle. Me quede huérfano cuando era muy joven. Los salesianos me acogieron en uno de sus centros, y allí me enseñaron todo lo que sé e hicieron de mí el hombre que soy hoy. Yo quiero dedicar mi vida a hacer por los demás lo que hicieron por mí. A mi los salesianos me enseñaron a querer y que Dios me quiere, y eso es lo más bonito de mi vida.
*Pseodónimo que se me aplica.
Descubro que escuchar conversaciones de los demás no está mal visto en África, porque después de la intervención de Djourou, se escucha una sonora ovación que se enlaza con otra canción a Dios. Cuando ésta acaba, Djourou me inquiere:
- Aruma, hablanos de ti.
Acto seguido todas las miradas se vuelven hacía mí, incluido Oscar que estaba sentado junto al conductor. La presión a la que me somete esta expectación hace que mi capacidad para verbalizar en la lengua francesa se minimice. Sin embargo, considero más crítico qué decir que cómo decirlo. ¿Debo decirles qué he venido a Costa de Marfil para ayudarles? Quedan demasiadas horas de viaje como para retratar a su sociedad, y por ende a ellos, como individuos retrasados, con un grave problema de incultura y con una incapacidad manifiesta para desarrollarse, o incluso para sobrevivir en medio de la miseria generalizada. No estoy seguro de que lo que dijese fuese comprensible para alguien francófono pero si lo fuera sería algo como:
- Hola, me llamo Aruma, pero antes de subirme a este autobús me llamaba Agustin.- en este punto su silencio me crea la disyuntiva siguiente ¿O bien, no ha tenido ninguna gracia o es que tan mal hablo francés?- Tengo 21 años y vengo de España, en Europa. Allí soy un estudiante de economía y de sociología. Hace apenas 4 días que estoy en vuestro país a donde he venido a conocer África y a los africanos, y a echar una mano en lo que pueda en Korhogo.
La gente me aplaude, creo que he salvado los muebles, pero aún quedan las preguntas:
-¿Tienes novia?
En mi vanidad enfermiza me congratulo de responder.
- No.
- No te creo. Los blancos que salen en la tele tienen un montón de novias.
Todos ríen. Djourou hace preguntas más difíciles.
- Y tú… ¿Qué quieres ser de mayor?
Nunca me hube planteado esa pregunta en serio, hasta que hace unos meses, uno de mis profesores de mis profesores de sociología, ante la brillantez, siempre relativa, de mi expediente académico, me preguntó sobre el asunto. Yo no supe que responder. Le explique que aspiraba a trabajar en un área en crecimiento en el ámbito empresarial que era la Responsabilidad Social Corporativa, pero que no sabía bien cómo llegar hasta allí y que tenía la certeza que el movimiento rotatorio que tiene intrínseco la vida de un ser humano todo podía cambiar. Que no creía que mis aspiraciones infantiles de ser churrero fuera significativas y que prefería mantener un horizonte abierto. Él me aleccionó del siguiente modo:
- Mira Agustín, todo lo que me cuentas está muy bien, pero hay estudios sociológicos que dicen que las personas que se proponen metas en la vida no sólo las alcanzan en mayor porcentaje, sino que en general llegan más alto, consiguiendo o no lo que se proponían. La juventud española es la europea que menos claro tiene su futuro y eso, claro está puede tener sus repercusiones. Creo que es un buen ejercicio que te preguntes cómo quieres que sea tu vida en 10 años.
De mis cávalas articule mis aspiraciones. En 10 años quería fundar y/o dirigir una consultoría de Responsabilidad Social Corporativa, en un contexto en el que los estados pierden poder, las empresas asumen el liderazgo social y los ciudadanos mundiales emiten sus votos cuando componen el carrito de la compra.
Incapaz de explicar todo lo anterior respondo:
- Me gustaría ser el presidente de la Unión Europea.
La parte de atrás de esa furgoneta se llena de escepticismo. Unos segundos de silencio dejan paso a un comentario de una de las chicas, cuyo nombre como ya he dicho ignoro y cuya idiosincrasia juzgo como “más bien tirando a tontita”.
- Mi sueño es ir a Europa. Es un mundo de oportunidades. Algún día espero poder ir y ser feliz allí.
Los rostros de todos los allí presentes no sólo muestran su resignación ante el comentario y su conformidad con mi juicio anteriormente expuesto.
-¿Por qué no os gusta Europa?
Djourou ríe levemente y sin ruido, como solo se hace cuando se hace presente ante ti la mayor de las ingenuidades.
- Mira Aruma, yo no odio a los europeos, de hecho tu me estás cayendo bien - en ese momento reposa su mano derecha sobre mi muslo izquierdo, lo que confirma que la situación no puede ser más tensa – los europeos no sólo vinisteis a Africa, nos colonizasteis, nos quitasteis nuestra tierra, nuestras mujeres, nos metisteis en galeras y nos comprasteis y vendisteis como esclavos. Dividisteis a vuestro antojo a nuestros pueblos, nos impusisteis vuestra cultura y explotasteis nuestros recursos.
Yo no me atrevo a rebatir una síntesis histórica tan bien documentada, más aun teniendo su mano posada en mi pierna y sus ojos clavados en los míos. Me pregunto si de no tener su mano en mis pantalones y saber que si lo hacía las cosas sólo empeorarían, habría podido reprimir las ganas de mearme de miedo.
- Aruma, pero las cosas no se quedan en la colonización.- ¡Vaya por Dios!- Nosotros arrastramos los problemas de la colonización y de la descolonización. Ahora seguís explotando nuestros recursos, engañándonos en las transacciones comerciales y armando guerras, en los dos sentidos de la palabra. Francia pone y quita al presidente cuando le conviene. Francia se cree que Costa de Marfil es suya. La embajada de Francia es más grande que la casa del presidente y están a escasos metros. Ellos montaron la guerra civil aquí porque les convenía. Tienen aquí a su ejército y disparan cuando quieren contra nuestra gente. Hacen lo que quieren porque se creen que les pertenecemos.
Yo como amante del cine francés y como europeo, intento relajar un ambiente caldeado.
- Entiendo lo que me dices y seguro que tienes razón en muchas cosas, pero también creo que quién quiera expanda esas opiniones tiene intereses y el enemigo externo al que se deben todos los problemas es una manera populista de ganar apoyos y no solucionar problemas.
- Aruma, yo no estoy culpando a los europeos de la situación en la que estamos, la culpa es nuestra por dejaros hacer todo lo que habéis hecho a lo largo de la historia.
Sin tiempo para dar respuesta la furgoneta se para. Después de 3 horas de viaje hacemos el primer receso. Yo aprovecho para llevar a cabo al aire libre, lo que tanto había ansiado hacer en mis pantalones minutos antes.
jueves 8 de enero de 2009
Día 5. En marcha
Pronto uno de mis compañeros de viaje se me presenta y me introduce al resto. Me sorprende, inquieta y agrada su actitud altiva siendo la hora que es y las 8 horas de viaje que oscurecen nuestro horizonte de comodidad. Salgo de mi asombro cuando me cuenta que ha estado de fiesta toda la noche para celebrar la boda de un amigo. De ello deduzco que su actitud tiene más que ver con la festividad de su pasado inmediato, que con el entusiasmo por lo prometedor de su futuro. Como de costumbre, no soy capaz de archivar en mi memoria a corto plazo la batería de nombres de mis compañeros de viaje. Solo me consuela su imposibilidad por pronunciar mi nombre. Siendo comprensivo y diligente, acepto de buen grado la onomatopeya en la que han convertido y la adopto como pseudónimo sea cuál sea la longevidad del viaje o de nuestra relación. Para la excitación de todos los presentes el motor consigue arrancar a la primera. Apenas estamos sentados en el vehiculo comienzan los cánticos. 500 kilómetros de carreteras llenas de baches, un asiento nada confortable y un grupo de jóvenes animadores cristianos cantando bailando y dando palmas, son toda una prueba para mis superpoderes de Dormitaman. La furgoneta se pone en marcha.
sábado 27 de diciembre de 2008
Día 4. Special K
Después de cenar, voy a la sala del ordenador de la misión. Mi objetivo principal es mirar si han salido las notas. Estoy nervioso ya que este año había combinado una racha de gandulería galopante con bastante mala suerte en los exámenes. Para los que, como yo, no crean en la suerte puntualizaré que con mala suerte, me refiero a que, la falta de preparación me había hecho afrontar con menos seguridad las pruebas, con lo que los enunciados resultaban más confusos y mi concentración estaba más dispersa, lo que propiciaba errores tontos o de apreciación, y un acuciante déficit de tiempo en todos lo exámenes. Conforme se cargaba la página revivía las sensaciones que tenía al salir de cada examen. Había estimado que salvo catástrofe el máximo de asignaturas que podía suspender era dos, pero si me quedaban dos o una, no estaría nada satisfecho. Por fín, la página se carga. Sólo está la nota de francés. Un seis, muy peleado, pero totalmente inmerecido, dadas las dificultades que estaba encontrando para expresarme en mis primeros días en Costa de Marfil. Habiendo ganado una batalla, pero con la guerra aún sin decidir consulto mi correo. Nada. Decepción.
Me retiro a mis aposentos a descansar, dado que mañana, saldremos con el sol hacía Korhogo. No encuentro la postura en la cama. Me levanto, deshaciéndome de la mosquitera que me protege de los insectos. Cojo el cuaderno y tacho la ultima linea, de la ultima página, que había escrito horas antes. ¿Cómo puedo ser tan idiota de escribir eso sobre una chica que apenas conozco?, O sí, ¿la conozco?
Hacía casi dos años estaba en plenos trámites de expulsión de mi colegio mayor. El motivos era que un buen día, el grupo de veteranos y veteranas dejamos la gobernanza de nuestros actos a las pulsiones más destructivas del Tánatos, durante un breve, pero intenso por los dormitorios de los novatos. Sembramos un caos fácilmente reversible, pero no por ello menos impresionante para unos novatos que habían sido reunidos en su primera reunión de residencia para conocer las normas. Nosotros sólo mostramos el modo en que no se debía proceder. La ropa en el suelo, la cama en el armario, los apuntes desordenados y todo esto rociado con un poco de espuma de afeitar. Estos actos delictivos, a los ojos del director, pero tradición de bienvenida de obligado seguimiento, a los ojos de los ejecutores de la misma, llegaron a los oídos de la dirección por un procedimiento tan antiguo como ruin, un chivatazo. El director, que de aquí en adelante, llamaré el Gran Inquisidor, abrió un procedimiento de sanción, “tolerancia cero con las novatadas”. Roma no paga a traidores, pero el Gran Inquisidor sí. Todos aquellos que se presentaron en su despacho para señalar culpables alternativos a ellos mismos, disfrutaron de la conmutación de las penas. Los pocos, pero nobles pringados que no lo hicimos vimos nuestros huesos en la calle. Entonces comenzó una época en mi vida, de acción protesta, que mi generación no ha tenido el dudoso privilegio de vivir. Manifiestos, recogida de firmas, cartas a los periódicos y canciones protesta, que de nada sirvieron, pero… y lo qué nos divertimos.
En éstas andaba yo un día cuando me abordó una compañera de residencia al salir de clase, para preguntarme cómo estaba el tema. Yo no pude seguir con mi apasionada versión de los hechos, cuando se cruzo en mi campo visual su amiga, una chica de rizos, a la que llamaré a partir de ahora: la chica de rizos. Tras ese episodio, mi vida, en lucha contra la autoridad del Gran Inquisidor, siguió su curso. Hasta que un día volviendo de fiesta a las seis de la mañana me encontré en el metro, a mi compañera de residencia y a la chica de rizos. Yo no estaba borracho, aunque si contento pues había estado tonteando con éxito con una chica de mi curso, pero lo parecía porque comencé a decirle a la chica de rizos que la quería, que estaba locamente enamorado de ella. Todo ello en un tono cómico, el cual no entendía mi compañera de residencia ya que me contestaba con todo tipo de improperios. A pesar de todo, hacía reír a la chica de rizos y eso, no lo pude olvidar. No lo pude olvidar, porque tras ese incidente cada vez que cruzaba con ella por la universidad, sentía tanto bochorno que no la podía mirar a los ojos.
El tiempo pasó, y cuando ya casi había olvidado el episodio y su sonrisa ese día, el destino, el cual no existe, pero es caprichoso de cojones, decidió que los únicos asientos libres en ese autobús, en plena viaje de estudios en Riviera Maya, en los que ella y su amiga se iban a sentar, estaban situados exactamente detrás del mío. Me pase todo el viaje de ida sin girarme, intentando dormir. El viaje fue largo. El destino era cierto cenote. Un cenote es una especie de piscina natural, y no tiene nada que ver con la dimensión de un banquete al atardecer, y quién bromee sobre eso, “es un bicho canasto, en el árbol genealógico de la creatividad” como dijo una vez un poeta argentino.
La vuelta se presumía larga y aburrida, más aún en el estado de incomodidad en el que me encontraba. De repente, me di cuenta que sólo un perdedor vería esa situación como una amenaza y no como una oportunidad. Me di la vuelta y comencé a hablar con ellas. Fue la primera vez que una chica me pidió que le contase una historia de miedo. Yo me di cuenta que es más fácil hacer a alguien sentir y reír, cuando le has estremecido antes. No se si es que es muy buen truco, o es que había mucha química. El resto del viaje, nos buscamos y nos medimos, sin quererlo o sin saberlo. El último día en una escalada de tequila hice una escalada en su cuello. Yo pensaba que no había llegado a la cima, hasta que me di cuenta, que ésta estaba entre el cuello y el ombligo y que quizás, allí… había llegado.
A la vuelta, sólo quedaban dos días para mi viaje a Costa de Marfil. La última tarde en Barcelona, la pase con ella. Recuerdo perfectamente lo que escribí en la servilleta de la heladería. “Que quede para la historia, que quiero enamorar a esta chica”.
viernes 26 de diciembre de 2008
Día 4. Se llamará Africa
Despierto a las 7.30. En la misión no hay tiempo para resacas. Aunque viendo lo frescos que están los demás miembros de la comunidad, concluyo que, o cada día se meten entre pecho y espalda una gratificante intoxicación alcohólica o que la resaca es un invento de mi generación. Hoy es mi último día de turismo, o eso espero. Mañana emprendemos ruta hacía Korhogo donde se encuentra nuestra misión de destino. El viaje será en un mini autobús con otros animadores de Abidjan que también se dirigen a Korhogo. Parece el transporte ideal para transportar la cantidad de dinero de la que somos portadores. Oscar y yo compartiremos la carga diversificando el riesgo. El secretario de la misión salesiana en África nos ha hecho un certificado, para que los rebeldes no nos pongan problemas en los controles. Pero si los insurgentes huelen el dinero nos podemos fumar el documento.
El primer paso es cambiar el dinero. La moneda de Costa de Marfil y de los países de la unión aduanera de África del Oeste es el Franco Cefa. Desde hace más de una década tiene establecido un tipo de cambio fijo con el Franco francés, por motivos comerciales. Por consiguiente, en la actualidad, este tipo de cambio es fijo con el Euro. Siendo que éste lleva un quinquenio de apreciación, el tipo de cambio está ahogando una economía exportadora y dando alas a
Ojeando el periódico, me impresiona el dato de crecimiento previsto de la economía marfileña. Sólo se me ocurren dos razones que lo expliquen. Que el gobierno mienta deliberadamente en sus previsiones para aumentar la moral nacional o que por el contrario, la crisis financiera mundial venga bien a Costa de Marfil. La deuda pública se retribuye bien, y de este modo gracias a la estabilidad que da la paridad de tipo de cambio y el gobierno de coalición, el estado puede tener las arcas llenas para activar una economía, hasta entonces parada, por no decir destruida. Cada vez sé más de Costa de Marfil y de cuál es su situación. Sin embargo, tengo ansias por pisar, y no leer, la realidad. Por ello, me voy a ver el foyer.
El foyer es una residencia para los niños de la calle. Es un edificio de tres pisos, con dos patios en los que siempre hay un objeto, más o menos esférico, en movimiento. El foyer acoge y busca familiares y trabajo, a los niños de la calle. La misión salesiana se encarga de supervisar el funcionamiento del centro y de financiarlo. Un salesiano vive en el foyer. ¿Pero cómo puede controlar y llevar a buen puerto la convivencia de más de 300 niños educados por y para la calle? La respuesta es
Una imagen de lo más atractiva me saca de estas cábalas. Una veintena de chavales jugando a fútbol. Pronto distingo en ellos gestos técnicos que copian de los profesionales. Las fintas de Cristiano Ronaldo, los recortes de Eto´o, los pases sin mirar y la elástica de Ronaldiño y, no podía faltar en esta sinfonía de gestos técnicos,
Paseo por el barrio de vuelta a casa. Cada vez me siento más a gusto, ya no reullo miradas, ni me molestan los pitidos de los autos. Me muestro sereno, saludo a todos los viandantes que reclaman mi atención y doy la mano a todos los niños que se cruzan en mi camino. Todo ello sonriendo. Éste hecho no sería un gran cambio, de no ser porque los días posteriores, había estado, como se dice en castellano castizo, “más cagado que el tato”. Cada vez que tenía que caminar por la calle necesitaba la compañía de Oscar para no humedecer el pantalón cada vez que alguien se me paraba a hablarme o cada vez que uno de los regentes de los tenderetes, me transmitía alguna consigna de viva voz. Si no fuera por la vergüenza que hubiera sentido ante Oscar, ante mi mismo y ante los lectores, hubiera echado a correr en más de una ocasión. Pero lo preocupante no es que sea un cobarde, que supongo que últimamente me estoy demostrando serlo, sino que soy racista. ¿Tenía miedo porque son negros? ¿Porque son africanos? ¿Porque son pobres?
A la hora de la comida me doy cuenta de que no soy el único alicaído. Carlos, el ecónomo, ha recibido una llamada desde Valencia. En ella, le requerían transfiriese los intereses de un deposito bancario que se realizó hace cinco años, para la construcción de una obra que finalmente, y por factores que no creo pertinente relatar, no tuvo lugar. En esta comunicación, Carlos percibe un tono de reproche que enciende sus ánimos, por lo que responde en tono altivo. Intentaré hacer una reconstrucción de la hipotética respuesta:
“Querido hermano marsupial*,
Espero que me perdone por no haber encontrado el tiempo ni el convencimiento, para emprender la obra para la que ustedes, de buen grado, aportaron una cuantiosa cifra. Absuélvame también por haber creído prioritario, en estos tiempos bélicos, la asistencia a la población antes que la construcción de la capilla objeto de este entuerto.
Sé de buen grado, que con su requerimiento no me está acusando de sacar rendimiento a su capital, sin su consentimiento, ni de usurpar cantidad monetaria alguna. Sin embargo me veo en la necesidad de sacarle de su profunda ignorancia en lo que a los bancos africanos se refiere. Los bancos aquí, mi apreciado marsupial*, no solo no dan intereses por los depósitos, sino que los cobran. Y déjeme que me explique pues soy hombre de fe y por ello, creo que, a pesar de su limitada capacidad, logrará comprenderlo. En los cinco años desde su depósito, la cuantía ha ido disminuyendo año tras año, pero si lo que le concierne es la obra y no los intereses del depósito, le congratulará saber que dada la deflación fruto de
De todos modos atenderé su petición y me personaré en la oficina bancaria, para pedir un certificado en el que diga: “Este banco no da intereses de deposito”. Todo ello a riesgo que me crean de su misma condición intelectual.”
* marsupial es una de las múltiples licencias narrativas que el autor se ha tomado en este fragmento figurativo del relato.
Para relajar el ambiente el mismo Carlos comparte con el resto de comensales un apunte sociológico. “Si os habéis fijado, los portugueses son gente con cierta predilección por llevar bigote. Tras años de investigación sobre el tema, he concluido que simplemente es un recuerdo que les gusta llevar de sus madres.”
Otro tarde de turista. Viviendo donde vivo, no puedo pretender librarme por más tiempo de una visita a
A pesar de la catedral cristiana, Costa de Marfil es un país mayoritariamente musulmán. Durante el recorrido que realizamos en coche de un lugar a otro, me doy cuenta de las desigualdades enormes que hay en Abidjan y de la cantidad de tipos de miseria en la que se vive. Por ello, me pregunto si la comunidad islámica tendrá algún programa de lucha contra la pobreza. El padre Carlos, que tiene la bondad de hacer de guía, responde a mi duda, no sin sarcasmo: “Dar limosna es un de los deberes fundamentales del Islam. Si se acabara con la pobreza ya no se podría cumplir con ese deber y la religión musulmana se tambalearía por uno de sus fundamentos”. De todo ello deduzco que no, no tienen programas de erradicación de la pobreza y que Carlos, aunque se esmere en negarlo, quizás profese cierta animadversión hacia el Islam.
La basílica de Marie de Nôtre Grace se encuentra en uno de los barrios más pobres de Abidjan. Es más sencilla que la catedral, pero transmite las mismas sensaciones. Me llama poderosamente la atención la estatua de la virgen que está en el exterior, en la cima de una montaña adyacente a la basílica. El césped y el camino en espiral que lleva hasta la estatua, están mejor cuidados que la calle principal de la ciudad. La cima está llena de flores, de todos los colores, tipos y tamaños. Esta aglomeración floral es el intento de los africanos de que su Dios atienda sus súplicas. Esta practica, no por más extendida es menos inútil, pero es fiel reflejo de la concepción subsahariana de la religión. Aunque intrépidos en su fe, los africanos separan religión y moral. Esta separación es heredada de las religiones tradicionales. Permítanme ejemplificar esta conducta:
Justin es el jefe de policía del Aeropuerto de Abidjan. De buena mañana, da una charla motivacional a sus chicos, para que requisen todas las pertenencias que juzguen de valor, a los viajeros que estimen más endebles, preferentemente a las mujeres que viajen solas o con sus niños. Se retira a su despacho en el aeropuerto, desde donde recibe información sobre la velocidad a la que se llenan sus arcas. Cuando cae la noche, ordena a sus hombres que establezcan un control en la carretera para revisar la documentación a los taxis, y hacerles pagar un impuesto (impuesto por él). Los taxistas tienen que ir vaciando sus recaudaciones uno a uno. Cada cierto tiempo siempre hay alguno que se niega. El procedimiento es sencillo. Se forma un retén de taxis y en el momento y lugar, donde haya más testigos, se ejecuta al taxista reacio a pagar. El orden se restablece y se exprime el terror creado al ver ajusticiar a un homólogo. Más dinero para el tito Justin. Nuestro querido jefe de policía es un devoto de la virgen de Nôtre Grace, y cada domingo encarga el ramo más deslumbrante para ella. Él tiene la conciencia tranquila ya que está convencido de que Dios está a bien con él y que las cosas, por eso, le van como la seda.
Mientras me lamento de está perspectiva utilitarista de la religión, que le despoja de lo mejor que tiene, que es un sistema de valores, veo como una pareja se sitúa delante de la estatua y sin mediar palabra, intercambian miradas. Cuando desvió mi mirada, veo que hay otra pareja sentada en el césped sobre una toalla haciendo lo mismo. De la mano y en silencio, intentando reprimir, sin éxito, una sonrisa cuando se miran entre ellos. Estas parejas se están presentando como tales, ante la virgen y ante ellos mismos. Sin duda, esa colina desde la cual se puede vislumbrar tanto la ciudad de Abidjan, como la selva y el mar que la envuelven, es un lugar mágico.
A la vez que echo de menos lo que sienten esos jóvenes, recuerdo la historia de Sebastián. Él fue uno de los comensales manuales en la cena de ayer. Tenía 26 años y decía estar profundamente enamorado de su novia. Diplomado en informática, pero en el paro, hacía ya unos meses que le pidió la mano al padre de su novia. Éste le requirió la dote. En las sociedades africanas más cosmopolitas, como es la de Abidjan, pedir dote es una costumbre en desuso, por lo que el no lo había previsto y aunque lo hubiera hecho no podría pagarla. Para su sorpresa el padre no sólo no acepto dar a su hija en matrimonio sino que rehusó seguir con su manutención y se la envió a Sebastián a casa. Los problemas de este último se multiplicaban. En la situación en la que viven, de escasa alimentación e higiene, es fácil que acaben contagiados de cualquiera de las pasas que asolan Abidjan, lo que acabaría con la vida de uno o de ambos y con el futuro de todos. Por mi parte intento convencerme mediante estos ejemplos que el amor es un problema y nunca una solución, pero la puesta de sol de la que estoy siendo testigo en ese paisaje de excepción, es más fuerte que la razón pura. África más allá de todo, es tremendamente romántica.
Vuelvo a la misión y me precipito sobre mi cuaderno para comenzar a escribir estas gratas líneas. No se qué escribir ni por dónde empezar. Permanezco sentado ante la hoja en blanco pensativo. De repente, se me ocurre correr todas las páginas y situarme en la ultima línea de la ultima página del diario. Escribo: “Kàtia, se llamará África”.
domingo 21 de diciembre de 2008
Dia 3. La primera ultima cena
La noche se cierne sobre Abidjan. La ciudad aumenta de ritmo al compás de los maquis. Ellos ponen la música y la luz. La gente, la sed de vivir. Y Drogba, Didier, pone la cerveza. Juan Carlos, no sé si por que le hemos caído en gracia, porque es un excelente anfitrión, porque es un amante del pescado asado o por la combinación de algunos de estos tres factores, nos invita a cenar en un maqui. Yo prefiero tomármelo como la celebración comunitaria por la marcha de Juan.
La cena está servida. Una bandeja con pescado asado semejante al género de las carpas, acompañado con tres de mis criptonitas: tomate, cebolla y pimientos picantes. Desde muy joven, yo había tratado de defenderme de las críticas del entorno diciendo que simplemente tenía un paladar selecto. Sin embargo, no había conseguido convencer a nadie, ni a mí mismo, de lo selecto sino de lo limitado de mi paladar. Antes de enfrentarme a mis criptonitas, procedo a una terapia psicoanalítica que me libere de la fobia. Mi socialización alimenticia se hizo en el seno de mi familia nuclear, ya que mi colegio no tenía comedor. En mi familia el referente de conducta que mi madre me impuso fue mi padre. Nunca olvidaré cómo cuando utilizaba expresiones malsonantes me reprendía en estos términos “¡¿Has escuchado a tu padre alguna vez decir eso?!”. La imitación de su conducta, no sólo me alejo de los tacos sino que me dotó de sangre fría y cerebralidad. Lo demás igual se lo debo a mi madre, pero en alimentación siempre observé como mi padre era selectivo en cuanto a su dieta, y ese hecho se trataba con respeto e incluso interés. Cómo él, mi mente hizo que, mis papilas gustativas rechazasen el tomate y la cebolla, entre otros, ya que yo, para ser más papista que el Papa extendí mi rechazo a una larga lista de sustancias, como si este hecho aumentase mi caché.
Sin la certeza de haber superado el trauma, pero con la convicción de tener que afrontar las pesquisas ante las que me ha conducido el devenir de la historia, procedo a dar cuenta de la cena. En la bandeja hay siete piezas de pescado, para siete comensales, por lo que deduzco que lo compartimos todo. Todo no, los cubiertos son intransferibles. Concretamente, son la mano derecha de cada uno, ya que los africanos utilizan ésta para los actos honrosos, a diferencia de la siniestra. Les ruego que no pierdan la concentración, divagando sobre qué hacen los africanos con la izquierda, puesto que la situación crece en complejidad. Siempre me hube considerado un buen estratega, pero en esta situación no se por dónde atacar a un enemigo, que no por muerto y asado, es más difícil de dar cuenta. Juan Carlos acude al rescate de los tres comensales blancos. Desenvolviendo tres tenedores de una servilleta. Para entones ya estaban manos a la obra. Una cena deliciosa. Tomate, cebolla y pimiento, incluidos. Es curioso que los africanos acaben con la mano derecha pringada mientras que los blancos, con la derecha la izquierda y parte del extranjero.
Volvemos a la misión siete personas en el coche. Todos, el conductor incluido, llevamos dos cervezas en el cuerpo. Esto no sería grave si no fuera porque las cervezas que se sirven en los maquis son de 65 cl. Las autoridades no están como para ponerse a hacer controles de alcoholemia. Tienen otras prioridades, aunque si se dieran cuenta de los potenciales ingresos por soborno, quizás se lo replantearían.
Al llegar a la misión, las carcajadas recorren la casa. Un cooperante alemán, es incapaz de ingerir un chupito de orujo de yerbas. No faltan las bromas sobre la falta de hombría de la raza Aria, ni sobre la razón de la derrota en la final de la Eurocopa 2008. Las mofas y las rimas son calladas por Markus, el alemán. Todos los españoles guardan silencio, observando con pena el vaso de Markus. Él había vertido sobre el orujo un poco de agua para suavizarlo. Unos sacerdotes, que probablemente habrán absuelto todo tipo de pecados, no lo pueden creer. La única botella de orujo que tienen ha sido profanada. Ya no hay ganas de fiesta. Parece que todos se retiran a meditar. Yo por mi parte decido retirarme a mis aposentos. Me apetece ver girar mi habitación.
lunes 8 de diciembre de 2008
Día 3. De paseo por Abidjan.
Haciendo esfuerzos sobrehumanos, consigo llegar a una posición lo más vertical posible, teniendo en cuenta que son las 6.30 de la mañana. Este derroche de facultades a la hora de madrugar no se debe a mi creencia exacerbada sobre el dicho popular “a quién madruga Dios le ayuda”, sino a que en mi segundo día de huésped, no quiero llegar tarde al desayuno con la comunidad que me acoge. Cuando entro en el comedor con la cabeza tan alta como mi somnolencia me permite, descubro para mi sorpresa y desesperación por el madrugón infructuoso, que la comunidad no sólo ya ha desayunado sino que también ha hecho la plegaria. (A partir de este momento, si el lector aún no ha descubierto que estoy viviendo en una comunidad de curas misioneros, es recomendable que éste se haga un chequeo en su psicólogo de confianza, ya que
En este momento, siento como si hubiera sido juzgado en mi ausencia. Como si me estuviera mostrando como el estereotipo negativo que tienen los ancianos del joven. Las tres “I” “Inconsciente, irresponsable e irrespetuoso”. Además, temo en cierta medida que los demás tengan la misma concepción de mí que creo que tiene Juan. No quiero parecer un turista. No he venido a eso. Todo esto, lo pienso en la soledad de mi desayuno; en el fondo, la única que me está juzgando es mi conciencia.
Después de mi triste desayuno, aunque no poco abundante, Juan Carlos me propone acompañarle a él y a Eric, a la embajada española en Abidjan. Si bien el hecho de aceptar e ir reforzaría la imagen de turista que creo que los demás tienen de mí, rechazarlo no sólo sería desconsiderado, sino un autentico ultraje a la única actividad que podría apuntar en mi agenda una hipotética secretaria, a la que sin duda, llamaría Señorita Caldwell, aunque ella me dejase llamarle Sofía.
Eric es un joven costa marfileño que tiene que conseguir el visado para completar sus estudios de teología en España. Para ser sacerdote salesiano se ha de estudiar cuatro años de filosofía y 2 años de teología, en medio de los cuales es preciso hacer dos años de prácticas. No me atrevo a preguntar, porque no quiero pasar de ser un turista sin más, a un turista impertinente; porqué tanta formación para ser sacerdote si luego las tareas de uno son sencillas y repetitivas. Puedo prever la respuesta “Para ser médico, y cuidar del cuerpo humano, es preciso estudiar casi una década, cómo un sacerdote que tiene que cuidar del alma de las personas va a estudiar menos”. Pragmatismo eclesial.
La embajada española no es un edificio excesivamente lujoso. De hecho, se podría decir que está escondido, accesible sólo para quién sabe dónde está. Eso parece un problema si los servicios que presta están destinados a extranjeros, ignorantes del callejero de Abidjan. Juan Carlos y yo no tenemos problemas para pasar el control policial de la embajada. Para Eric la historia es diferente. Su color de piel es homólogo al de los cuerpos de seguridad de la embajada, y por ello éstos hacen huelga de rigor. Le piden el pasaporte español o el visado. Evidentemente, no los tiene siendo éste el motivo de su visita a la embajada. Otro pez que se muerde la cola. La embajadora, como de costumbre, no está en la embajada y el padre Juan Carlos tiene que intervenir a favor de su protegido. Eric consigue entrar, pero solo había ganado una batalla. Le esperaba la señora de la ventanilla, armada con toda la maquinaria bélico-burocrática. Eric le extiende toda la documentación que con la ayuda de los misioneros salesianos había conseguido recopilar. La ventanilla era bastante precaria en lo que a contexto administrativo, ya que no había ni cola, ni otras ventanillas con las que las ventanilleras juegan a torear de cola a cola a los más o menos pacientes, pero finalmente todos desesperados coleanos. Coleanos es un término que yo mismo inventé para paliar la deficiencia léxica del castellano, hacerla de los habitantes de una cola. La sonrisa de Eric, que pensaba que iba a superar el trámite sin complicación, se interrumpe cuando la ventanillera le pide un certificado médico que no tenía, puesto que tenía que ir a un médico de confianza de la embajada. El gobierno español es el más laxo entre los gobiernos europeos en cuestión de inmigración, pero si Eric no tuviera la ayuda de los salesianos, sus sueños hubieran sido aplastados por la burocracia. Todos los gobiernos europeos sostienen políticas contra la migración ilegal, con promesas de encauzar la legal y fomentar el desarrollo de los países de origen. La realidad es que esas políticas están faltas de coherencia, puesto que se quedan en el primer punto.
Juan Carlos tiene la amabilidad de darnos una vuelta por toda la capital. El tráfico es denso y desordenado, y la conducción agresiva. Parece como si el claxon hubiera sustituido a un intermitente en desuso como herramienta de comunicación entre los conductores. El resultado es que las calles son una continuación de la ley de la jungla que impera en la densa selva que rodea la ciudad, donde reina el más fuerte. De este modo se establece una jerarquía en la que el viandante no tiene derecho a cruzarse en el camino de automóviles de mayor tamaño, pues éstos tienen licencia para arroyar. Los ciclomotores en
Desde el inicio de la guerra, la capital económica de Costa de Marfil ha duplicado su población, que en la actualidad ronda los 5 millones de personas. Este hecho cristaliza en el aumento de la construcción. En un país donde el sistema bancario es inexistente, el marfileño no puede endeudarse para adquirir una vivienda o un coche. Por ello, en una estructura socioeconómica donde el ahorro es una utopía, los marfileños tienen que pagar la construcción por fases. Es decir, el interesado tiene que fragmentar la construcción en etapas y pagar cada etapa por adelantado en el momento que tenga liquidez. En cuanto se acaba esa fase de construcción, si el comprador tiene el dinero necesario, puede pagar la siguiente fase y seguir con la construcción, o dejarla a medias esperando que un golpe de suerte o la constancia en su trabajo le den un excedente con el cual seguir con la construcción. Una vez se es consciente de esta realidad, al turista, que en este caso soy (y cómo me duele), no le extraña ver como todos los barrios de las afueras, de reciente creación, son inmensas extensiones de precarias estructuras arquitectónicas sin apuntalar.
En mi débil, pero no por ello menos etnocéntrica mente europea, pienso “pobres, no tienen cultura del ahorro”. Esta reflexión se veía reforzada por los comentarios de Juan Carlos “Aquí se vive mucho el día a día”. La experiencia y el conocimiento más profundo de la sociedad costa marfileña y africana, me hizo ver cuán equivocado estaba ese turista que hablaba en mi nombre. No es que no exista cultura del ahorro, es que existe pobreza y solidaridad. Esta combinación de factores hace que cuando a alguien le vayan bien las cosas y consiga buenas rentas de su trabajo o de la tierra, se vea personal, afectiva y familiarmente obligado a distribuir ese dinero entre sus familiares y amigos más próximos, que tienen dificultades para comer o pagar el alquiler. Así, se dilapida el ahorro. De hecho, en estas sociedades ahorrar no está bien visto como en occidente, sino que es de mala persona. Y yo, lo entiendo y lo comparto.
En los costados de las calles de toda la ciudad proliferan los mercaderes y los maquis. Los maquis son el equivalente a los bares europeos. En ellos los marfileños toman sus Flags y sus Drogbas. Estas dos, son marcas de cervezas. La primera es la líder a nivel africano y la segunda es una marca propiedad de Didier Drogba, el más famoso futbolista costa marfileño de todos los tiempos, que en la actualidad es uno de los jugadores mejor pagados del mundo y que juega en el Chelsea inglés. Desde que él es el propietario de esta marca de cervezas su popularidad y consumo ha aumentado muchísimo. De hecho, la combinación de la guerra con la aparición de Drogba en el mundo de la cerveza ha multiplicado su consumo y la cultura cervecera del país. Me pregunto si Didier será consciente de este hecho. Me pregunto por qué se metió en el mundo de la cerveza. ¿Debió de entender en su estancia en Inglaterra que la cerveza fue el motor de
Los pequeños puestos de los mercaderes venden absolutamente de todo: muebles, ropa, tabaco, calzado, complementos, imitaciones de toda índole, fruta, verdura, carne y pescado. De hecho, en el mercado de Abidjan con discreción y una buena cantidad de dinero, se pueden conseguir drogas, armas, animales de todo tipo e incluso, y no exagero, esclavos. Me pregunto si lo del “mercado negro” tendrá su origen en los bazares de este continente. El inmenso mercado que son las calles de Abidjan es una realidad insostenible. Muchos vendedores y pocos compradores. En contraste con esta realidad están los supermercados y grandes almacenes, a los que sólo la aristocracia puede acceder. La élite de estos comerciantes son los libaneses. Ellos venden generalmente productos de alto valor añadido, como los artículos electrónicos. Los marfileños hablan de los libaneses con gran consideración pero también con cierta envida malsana debido a que son una comunidad de éxito dentro del caos generalizado. Esta situación hace retrotraerme a
Las empresas más prósperas de Abidjan son las del cacao y las refinerías de gas. Costa de Marfil es responsable de alrededor de la mitad de la producción mundial de cacao. Sin embargo sus compañías chocolateras no tienen acceso a vender en el mercado europeo. Son líderes en venta en África, pero eso no significa nada, porque en África apenas se consume chocolate. Los productos africanos no sólo están expuestos a las dificultades legales para competir en Europa, sino que además el consumidor europeo es racista, en cuanto que no confía en la calidad de las manufacturas africanas. Ésta es la mayor barrera que tienen las empresas Africanas.
Una vez de vuelta en la misión, vienen las monjas a recoger parte del dinero que habíamos metido en el país para ellas. Las monjas son unas personas que aborrezco. Sé que es injusto generalizar pero me soy incapaz de no hacerlo. Una infancia en el colegio Santa Ana de Sabiñánigo me hizo temerlas y odiarlas a partes iguales. Una educación basada en el castigo sin premio, en la socialización en valores facinerosos y en la sumisión del individuo y de su felicidad al mito, a la religión. Yo, aunque siempre fui muy respetuoso de la autoridad y un niño poco conflictivo, tuve problemas debido a mi insaciable espíritu crítico y escepticismo. Recuerdo que durante uno de los sermones que siempre abrían las clases (y en muchos casos las cerraban, dejando sin espacio a la materia pedagógica fundamental) y ante uno de los dogmas, no recuerdo cuál, no pude sino emitir un tan sonoro como indignado “¡Mentira cochina!”. En ese momento caí en desgracia. Sentí el peso de todo el aparato represivo de la profesora. “Veces” y más “veces”. La profesora en un juicio sumarísimo sin jurado ni defensa me declaró culpable de:
1. Blasfemia.
2. Llevar la contraria a la profesora, con el agravante de hacerlo en público.
3. Insultar a la profesora tildándola de “cochina”.
Ocultaré la magnitud del castigo para no herir la sensibilidad del lector. Las monjas a las que llevábamos alrededor de 10.000 €, pretendían que les llevásemos hasta su convento la cantidad. Ante la imposibilidad de hacerlo por déficit de medios de transporte, conocimiento del callejero de Abidjan, y en mi caso, de ganas, ellas se trasladan hasta la misión para recogerlo. Personalmente, me parece un agravio ante el miedo que había sentido en cada uno de los controles policiales pocos días antes, que ellas se molestasen por el hecho de tener que recorrer unos pocos kilómetros en su coche para recoger el montante. No deben de andar tan mal de dinero si no se vuelcan por 10.000 €.
El intercambio es amistoso, yo me mantengo en segunda línea por dos razones:
1. Evitar tener que dar dos besos a las monjas, ya que no solo traicionaría mis principios sino que revolvería mi estómago.
2. Evitar que me pongan a escribir “veces” como antaño.
Una de ellas parece mantener una conversación privada con Óscar. Creo entender como Óscar pregunta “¿Cómo está ella?”. Quizás ella sea alguna chica que dejó Óscar allí hace cinco años. O eso es lo que me gustaría pensar.
Tras la entrega, Juan nos propone que le acompañemos al aeropuerto, pues él vuelve a su Córdoba natal para pasar dos meses de vacaciones. ¿Cómo voy a rechazar asistir a un acontecimiento tan festivo, su exilio
*malaria
domingo 23 de noviembre de 2008
Dia 2. Un pellizco de realidad.
La comida de los salesianos en la que participamos era buena y abundante. Mis miedos acerca de mi restringido paladar (al que me gusta denominar, tratando sin éxito de engañarme a mi mismo, como selecto, pero realmente es simplemente limitado) no se hacen patentes en ésta, mi primera comida. Los curas, tanto los negros como los blancos, comen y beben a su antojo con un sentido de la responsabilidad dudoso para un recién llegado al tercer mundo como yo. Me pregunto si esos restos, nada despreciables que se quedan en los platos de los comensales, llenarán los estómagos de algún otro estómago que no sea el de los múltiples gatos que se han aposentado en la misión. En la comida reina un ambiente distendido y una anécdota se gana las simpatías de todos los ilustres asistentes e incluso las mías propias. Para mi sorpresa el cómico narrador es Óscar. Un individuo cualquiera hubiera sentido vergüenza por haber prejuzgado como anodinamente aburrido a un personaje como Óscar, pero en calidad de futuro economista, mi lectura es diferente. Esta intervención solo es una desviación estadística de la soporífera tónica habitual que ha demostrado en las últimas 30 horas. La primera vez que Óscar aterrizó en Abidjan, un marfileño fue a buscarlo al aeropuerto. En cuanto detectaron que ambos eran la otra parte de la cita a ciegas que les había montado la ONG, se abrazaron.
- Bienvenido –dijo el marfileño.
- Gracias – respondió Oscar.
- Bienvenido – repite con una sonrisa, poniéndose la mano en el pecho.
- Gracias, gracias – responde Óscar como si estuvieran manteniendo una competición fraticida por ver quién era capaz de repetir más veces su frase inicial- Por cierto,… Óscar.
- Ah, Bienvenido
Óscar, más desconcertado por la situación que enfurecido por las tablas que había puesto ese tipo que creía anónimo en su competición particular, dijo:
- ¿Cómo te llamas?
- Bienvenido.
Óscar, mosqueado y enervado a partes iguales responde:
- ¿No sabes ni una palabra más de Francés?.
- Óscar…. – le pasa la mano por el hombro y de manera condescendiente con el enésimo europeo que se creyó más inteligente que un africano - Me llamo Bienvenido.
Además de ganarle la competición antse citada, le hizo aterrizar completamente en el continente del que, no olvidemos, todos los seres humanos salimos.
Tras la suculenta comida, una siesta a cuerpo de rey como hace tiempo que no tenía oportunidad de hacer. ¡Qué buena es la excusa del jet lag!. Para evitar que los mosquitos se den un festín de hombre blanco, cubro mi lecho con una mosquitera, como tendré que hacer el resto de las veces que me acueste para disminuir exponencialmente las posibilidades de contraer malaria. Cuando estoy allí acostado me pregunto cuál será el porcentaje de marfileños que goza de esta “medicina preventiva”, que apenas costará un Euro y que se amortizará durante generaciones. Caigo dormido antes de terminar con la serie de iteraciones mentales, que me iba a acercar al dato.
Óscar me despierta bien entrada la tarde para ir a misa. ¡Para ir a misa! Yo que la primera y última asignatura que había suspendido en toda mi formación pre universitaria había sido Religión en 2º de Eso. Yo siendo buen conocedor de las santas escrituras, debí de expresar mi escepticismo de una manera que la hermana Alicia no de pudo tolerar y de allí la razón de la crisis que asoló mi hogar esa navidad del 2000, cuando me quedé sin regalos de Navidad. No sé si por aquella época sabía quién eran los Reyes Magos, pero lo que me quedó claro si quería sus regalos es que no podía insultar su inteligencia dudando de sus razones para pegarse la “pateada a Belén”. Más allá de mi escepticismo histórico tengo que poner en práctica lo único que nos han inculcado en la caricaturesca formación de cooperante internacional de la ONG. “Donde fueres, haz lo que vieres”. Así pues, me encamino hoy ,miércoles tres de julio de 2008, a la eucaristía junto a Óscar y mi “querido” Juan.
Como bien se ha percibido durante todo el día, la agenda de los tres está a rebosar. Tanto es así, que nuestras respectivas secretarías tienen que cancelar diversas reuniones con líderes de toda índole para que antes de la misa podamos visitar la residencia de los niños de la calle. Es un edificio de cemento de dos pisos que se erige al lado de la misión. En él viven unos 50 niños y adolescentes, huérfanos o repudiados por sus padres. Es difícil saber cuál de estas dos realidades es más dura, cuando ya no hay padres para un hijo o para cuando ya no hay hijo para unos padres. Es curioso que el centro sea sólo masculino. Pregunto al Hernan, el responsable del centro, y me responde que históricamente este tipo de residencias son masculinas ya que los niños de la calle más problemáticos y numerosos son los varones. Puede ser que la docilidad que se muestra en la mujer en estas sociedades haga que no sea expulsada del hogar familiar y que en caso de orfandad sea acogida por familiares para aprovechar su capacidad de trabajo en el hogar y en el campo. Sin embargo la prostitución es una realidad muy palpable en Costa de Marfil, y parece ser la institución con más interés por acoger a las niñas y las adolescentes de la calle. Intercambio comentarios con los residentes y me doy cuenta de la alta proporción de repudiados del hogar familiar. Me pregunto qué factores hace que unos padres echen a su hijo a la calle, y más a las calles de Abidjan. Pronto confirmo que el que decide la expulsión es siempre el padre de familia, generalmente de una familia polígama. Los factores son principalmente dos. El primero es económico. En ciertos casos, cuando el padre no gana o, en la mayoría de los casos, decide no querer destinar lo suficiente para el mantenimiento de los hijos, comienza a maltratarles física y psicológicamente hasta que ellos deciden irse. ¿Por qué no los echa directamente o les explica la realidad económica? Porque está mal visto socialmente. La segunda categoría de exilios forzados deriva del carácter de la nueva generación. Ciertos hijos, sobretodo varones, no aceptan el trato que su padre dispensa a su madre, hermanos o a él mismo y se enfrentan a la autoridad de su progenitor macho. Este vespertino orgullo y esta mentalidad moderna les empuja a las calles y por consiguiente, a la mala vida. ¡Qué malo es ser bueno!
La organización de la residencia de los niños de la calle es sorprendente. Sólo hay un miembro de la misión y un cocinero. Los dos son ayudados por los residentes que se organizan de una manera jerárquica piramidal. Los mayores dominan sobre los más jóvenes. El equilibrio no era fácil ya que los residentes entraban y salían a su antojo y su respeto por las normas y los bienes públicos era muy laxo. Sin embargo, los salesianos habían conseguido introducir en la residencia una cultura familiar que hacía que la jerarquía no fuera impositiva exclusivamente, sino también dispositiva. Es decir, derechos y deberes que conseguían hacer funcionar la residencia mientras se buscaban familiares o empleos para sus huéspedes.
El tráfico de camino a la parroquia es denso. Todos los taxis nos pitan e incluso se paran a nuestro lado para darnos más facilidades. Sin duda, en África, el color del dinero es blanco. Las atenciones sonoras que nos brindan los taxistas de la ciudad de Abidjan hacen que pasar inadvertido sea más difícil que encontrar un negro albino. Para demostrarme mi ignorancia en temas de distribución étnica, el destino me brinda la oportunidad de ver a un negro albino en nuestro camino. Ya ha caído la noche y está sentado, inmóvil, en plena calle. Un escalofrío me recorre cuando su mirada se cruza con la mía. Para documentarme sobre este tipo de entes, recurro a los veinte años de experiencia de Juan. Él cumple con mis expectativas y en un tono que denominaría PP, pedante paleto, muy suyo para qué engañarnos, me relata lo siguiente: “Este tipo de albinos son los parias africanos, pues sufren tres géneros de problemas. Su piel no soporta bien el nivel de radiación solar lo que les causa muchos problemas de salud. La religión tradicional los califica de endemoniados lo que les condena a la exclusión social. Si un ortodoxo de la religión tradicional los pilla por banda, los sacrifica.” Si hoy después de años de inactividad rezo, ya se por quien va a ser. Por Juan que es un cretino.
Me enorgullece mi perspicacia cuando reflexionando sobre la situación de los albinos y llego a la siguiente contradicción. ¿Dónde está la selección natural cuando durante siglos una variedad de la especie como ésta lo ha tenido todo para extinguirse? No puedo estar sino encantado de haberme conocido cuando descubro, por mi mismo, la respuesta a mi propia pregunta: Los guisantes de Mendel. El albinismo debe ser un gen o un conjunto de genes recesivos, que pueden transmitirse sin manifestarse y viceversa.
La parroquia es un recinto al aire libre con capacidad para unas 300 personas. Hoy, miércoles, habrá una centena. Lo que más me llama la atención son las pinturas de detrás del altar de Jesús y los discípulos. Los motivos son los tradicionales, pero sus rostros son negros. No es que los cristianos de Costa de Marfil no sepan que los habitantes de Judea en tiempo de Jesús no eran negros, sino que los misioneros quizás decidieron intentar acercar a los personajes africanos a la población autóctona; pero quizás lo único que denota es que en el fondo, la raza sí es relevante. Idea con la que no comulgo. La misa es muy alegre y está repleta de cantos y bailes, como ya había oído antes de mi viaje. Me pregunto si los cantos y bailes son una manifestación de la alegría de los feligreses por la ceremonia o si la alegría que reina la celebración es a causa de los cantos y bailes. Durante la celebración mi atención está dispersa y mi participación es testimonial, lo que parece molestar a Juan. Yo le miro y pienso, “tranquilo Juan, es mutuo”.
Tras la misa y la cena, realizo una tentativa de leer el periódico. El titular más destacado es “Las elecciones del 29 de noviembre peligran por falta de fondos” ya sería la quinta vez que se posponen y este hecho puede reabrir la guerra civil. Perspectivas poco alentadoras, pero como la revolución no se hace en una noche, decido arreglar este tema mañana por la mañana. Buenas noches.
lunes 17 de noviembre de 2008
Día 2. Encuentros y despedidas.
Óscar y yo rompemos el ayuno en silencio hasta que se persona un pequeño, que no joven, cordobés con bigote, que parece haberse rezagado al desayuno vespertino. Era un huésped como nosotros en esa misión ya que al día siguiente se iba de vacaciones a España. Lleva 20 años en África y cuatro en Costa de Marfil. Esta orgullosísimo de haber permanecido allí durante la guerra cuando llegaron a dar cobijo a 15.000 refugiados en su comunidad. Estos datos hacen que Óscar me pille desprevenido y empiece otra vez a contar su historia y sus sensaciones. Mientras los dos contertulios luchan por demostrar al mundo su africanidad, a todas luces dudosa, yo me concentro en leer la etiqueta de la leche en polvo. Un bote de un kilo fabricado en Francia. Pronto llegue a la conclusión de que no abundan las vacas en la sabana africana. Cuando vuelvo a la conversación veo que Juan, el cordobés, desprecia ligeramente nuestra estancia temporal y en tiempos de paz. Óscar también lo nota e intenta rebatirle. Yo lejos de contestar en voz alta, me digo para mis adentros que si es verdad que lleva 20 años en el África del oeste, su limitación en la lingüística francesa sólo puede provenir de una más restringida limitación intelectual. Por lo tanto reinventando el refrán, a palabras de necio, oídos de sordo. No quiero dudar de la bondad innata de Juan, que seguro que la tiene, sino que me llama poderosamente la atención, la manera en la que el sol de África ha dilatado su ego. Juan no nos hace preguntas en ningún momento por una doble causalidad que se retroalimenta. Primero, no escucha y segundo, no tiene interés en lo que podamos llegar a decir.
Esta conversación no nos despoja de nuestra ilusión y tras el desayuno vamos a ver a Ana, que estaba en la residencia de la sección femenina de la misión, también llamada convento de monjas. Ana debe partir hoy a Dioqüé y está triste porque no va a tener tiempo de estar con sus niños. No me refiero a ningún tipo de descendencia africana por su parte, sino a los niños que habían estado en el Colegio de Abidjan donde estuvo trabajando el año pasado. Mientras nos enseña los collares y las fotos que había traído para repartir entre sus niños, llaman a la puerta. Es Cony, la compañera Abijanesa de Ana el año pasado. Se abrazan. A Ana se le saltan las lágrimas de emoción. Cony sin embargo se resiste, “No voy a llorar delante de ti, sería egoísta” dice ella. Óscar y yo, el burro siempre el primero, asistimos a la architípica conversación entre dos amigas que hace un tiempo que no se ven. Manos entrelazadas y lluvia de titulares. Aquí expongo algunos de ellos, subtitulados:
-“Estás guapísima” te recordaba más feilla.
-“¡Qué te has hecho en el pelo!” tía estás loca, así si que no encuentras novio.
-“Has ganado peso” ¿esto es la guerra o qué?
- “He aprobado tercero de medicina” Ahora quién es la crack.
-“Yo ya he acabado la carrera” Definitivamente, es la guerra.
-“¿qué fue de Maria?” A ella si que me gustaría verla.
-“¿tienes novio?” Sé que no, no te hubiera dejado hacerte eso en el pelo.
-“¿Qué tal tu madre?” No me hagas citarla con otros fines.
Tras este violento trámite, Ana le hace entrega unos regalos que le había traído. El primero es un diccionario de catalán-francés, más allá de ser un artículo de primera necesidad en el África de hoy en día, es una obsequio cultural que se completa con el segundo regalo. Un Estovall de fil catalán. Ana le explica que es un invento tradicional de Cataluña, que sirve de mantel o de paño. Este comentario, provoca otros entre el público. Óscar me dice en voz baja “Sólo ha habido manteles y fardos en Cataluña. Qué sería de la humanidad sin Cataluña”. Yo le río las gracias, pero también intento ponerle en su sitio. Alguna lealtad le debo al pueblo catalán que me ha acogido los últimos 3 años. “Vale que tienen el ego nacional auto inflado, pero eso les determina para acometer proyectos que otros pueblos ni se plantean”.
Es hora de que Ana tome la carretera junto al cura de Dioqüe. Mientras caminamos hasta el punto de encuentro oímos “¡Ana!, ¡Ana!” Una legión de niños observan a Ana desde la puerta exterior del patio del convento. Son sus niños. Aunque la puerta está abierta de par en par, los niños no entran. Lo tienen prohibido. Los gritos de llamamiento a su querida Ana, son discretos puesto que saben que no deben gritar en ese patio. Estos pequeños africanos tienen más rigor a la hora de respetar la ley que la mayoría de los tecnócratas europeos. Hasta que Ana les hace una señal para que se acerquen, no lo hacen. Comienza una carrera por ser el primero en abrazarla. Las situación tiene cierta semejanza a cuando miles de espermatozoides compiten por llegar al ovulo. Niños y niñas, altos/as y bajos/as, delgados/as y muy delgados/as, parcialmente vestidos/as y parcialmente desnudos/as, limpios/as y sucios/as, abrazan y besan a Ana. Pero Ana se tiene que ir, la furgoneta y el cura ya están allí. Ana se despide como puede y sube al vehículo. El cura hace contacto y gira la llave, pero la furgoneta no arranca. Este hecho tiene reacciones opuestas. Mientras el cura infiere en blasfemias de todo tipo, la muchachada ovaciona a la providencia que ha hecho que su querida Ana se quede. Cinco minutos más tarde, cuando el cura ya ha repasado todo el santoral, nos comunica que un potenciador de su indignación, por no hablar de furia, es que la furgoneta había pasado una revisión hace dos semanas, de un rigor que se acaba de demostrar cuando menos dudoso, que le había costado 10.000 francos Cefa. Intento resultar impresionado para no ganarme las antipatías de tan furibundo personaje. La verdad es que la conversión Euro/franco Cefa es algo que aún no solo no he interiorizado, sino que ignoro por completo. Hay que esperar a que venga el mecánico, lo que retrasará con bastante probabilidad unas horas la marcha.
Los niños están de enhorabuena. Para demostrarlo, se despojan de su camiseta si la tienen y se la meten en la parte trasera del pantalón, resaltando la protuberancia posterior y comienzan a bailar. En occidente, siempre he visto que se intenta resaltar la parte anterior de la pelvis. Puede que en África lo hagan así porque les sobra pene y les falta culo, siendo este símbolo de un nivel de vida aceptable. Mientras que en Europa la cuenta corriente o el coche es un indicativo de estatus, en África lo es el contenido lipídico de la persona. Los niños se recrean en sus bailes y juegos durante más de una hora. Al poco tiempo, ya no puedo seguir su ritmo y me retiro a interactuar con otros entes de mi edad. La elegida es Cony, que sin ser ni muy guapa ni muy atractiva, sin embargo emana inteligencia. En cuanto me doy cuenta, estamos hablando del tiempo. Este hecho me recuerda a una conversación que había vivido apesadumbrado 24 horas antes en el aeropuerto, cuando Óscar y la madre de Ana, se habían enzarzado en un soporífero intercambio de tópicos sobre el tiempo atmosférico. Me hace gracia emular la situación, se ve que hablar del tiempo es un tema muy humano cuando no se sabe de qué hablar. ¿O quizás, habrá sido ésta, una costumbre expandida con la colonización cultural Europea en África, muchas veces mal llamada civilización?
De mi conversación con Cony saco tres cosas.
En primer lugar, valiosa información sobre el clima, como por ejemplo, que en climas tropicales no hay cuatro estaciones sino dos, una seca y otra de lluvia. Me congratula saber que actualmente estábamos en la estación de lluvias y que en ella, el peligro de infección por el mosquito de la malaria se multiplica.
En segundo lugar, un entretenido flirteo; y en tercer lugar y como consecuencia de lo anterior, un compromiso por parte de Cony de enseñarme la verdadera Abidjan, vista desde la perspectiva de una marfileña, lo cuál me parece una gran idea, más por interesante que por romántica.
Cuando Ana hubo partido, y Óscar y yo nos despedíamos de la concurrencia, viene Juan a saludar a las monjas. Reconozco que le observo con malicia, pero sinceramente no sé si su ánimo de tontear con las hermanas de Abidjan es debido a que tontear es el verbo de los tontos o a que tiene una abierta actitud de coqueteo pecaminoso. Tampoco descarto la posibilidad de que se den ambos factores. De estas reflexiones me saca la observación directa de un hecho insólito. Una decena de hombres trasladan un taller de reparación de neumáticos de un lado de la acera al otro. Literalmente, llevan la estructura de una caseta de dimensiones considerables a pulso. En mi camino a la casa de los curas que nos acogen, no paro de hacer iteraciones mentales para calcular el número de millares de individuos como yo que serían necesarios para levantar a pulso aquella caseta. El resultado, indeterminación.
domingo 9 de noviembre de 2008
Noche del día 1: El origen de la filosofía
lunes 3 de noviembre de 2008
Dia 1: No preguntes...es África
En este momento, para los que no me conocen y para algunos de los que si lo hacen, valgo más por lo que tengo que por lo que soy, lo que induce a una afirmación más amenazadora. Valgo más muerto que vivo. Aun estoy en el aeropuerto de Barcelona y tengo que llegar al corazón del África del Oeste, lo que implica cruzar multitud de controles policiales, militares y paramilitares. En todos ellos habrá agentes que por exceso, o por ausencia total, de rigor querrán disminuir total o parcialmente el valor extrínseco de mi persona. Creo que oficialmente no se puede introducir en ninguno de los dos paises africanos que voy a pisar más de 9.000€, suma que sobrepaso. Sin embargo la ausencia de un criterio claro es aprovechada por muchos de los uniformados que controlan la fronteras para ya no ganarse un sueldo extra sino un retiro dorado. Siempre pienso lo poco utilizado que está requisar como eufemismo de robar. Estas perspectivas me inquietan sobremanera pero sin llegar al pánico y hacen que no declare bajo ninguna circunstancia ser portador de más de 500€, aunque si eso se demostrara falso en algún registro sería causa directa de robo, me refiero a la acción de requisar para los lectores menos audaces.
El miedo o la excitación que debería sentir ante una situación como ésta, se veían sobrepasados por otra sensación. Cansancio. En los últimos 15 días había acabado exámenes, estado de viaje de Paso de Ecuador en Cancún y sido campeón de Europa en la plaza de Colón de Madrid, con las correspondientes sobredosis de trasnochar y ser intoxicado por sustancias a todas luces nocivas para el cuerpo como café en el primer caso, tequila en el segundo y Mahou en el tercero. Mi estado se alimenta y se opone al de Óscar. No se cansa a si mismo, sino a los demás, de repetir que éste iba a ser su quinto verano en Costa de Marfil, pero que hace otros cinco que no iba desde que estalló la guerra. Civil. Que no es que él no quisiera ir durante la guerra sino que al principio no le dejó la ONG y que después sus circunstancias personales cambiaron. No hacía falta que lo dijera pero aun así lo hace, por activa y por pasiva, que está muy ilusionado con la posibilidad de volver allí y reencontrarse con la gente. Yo, tanto por educación como por no estropear la convivencia el primer día, intento que la cara de asco y desesperación que se potencia cada decena de veces que oigo el discurso no supere mi facha de cansado, por no auto inflingirme el calificativo de despojo humano.
Mientras hago cola para facturar unas maletas de las cuales desconozco su contenido, veo con buenos ojos la propuesta de un joven periodista de hacernos unas preguntas para la televisión Urbe. Acepto no por afán de reconocimiento público, siendo que esa cadena seguramente tendrá una audiencia más que modesta, sino por cambiar el tema de conversación, que como ya he reiterado me fatiga. La primera pregunta es previsible, cuál era el destino de nuestro viaje, pero la segunda me desconcierta. “¿Sabes que esta aerolínea (Air Marroc) tiene X accidentes al año (no recuerdo cuantos dice, pero es una cifra poco tranquilizadora)?”. Me quedo callado y el periodista consigue lo que quería, grabar mi cara de tonto. Cuando ya se ha ido con su botín, se me ocurren multitud de respuestas que hubieran hecho que mi geta no hubiera sido la única de bobo que captara la cámara. Pero es muy fácil reaccionar tarde, tan fácil como inútil.
Tan tarde reacciono, que cuando me quiero dar cuenta ya estoy en el aeropuerto de Casablanca. El aeropuerto de Casablanca no tiene nada que envidiar al de Barcelona, sino todo lo contrario. Orden, higiene, espacio y modernidad, por no hablar de la alta densidad de fuerzas de seguridad. Sin embargo el amplio despliegue de fuerzas de seguridad no dan al aeropuerto aspecto amenazador puesto los policías y soldados pasean hablan y ríen de dos en dos, de tres en tres e incluso de cuatro en cuatro. Todo este análisis es interrumpido por un, no por esperado menos, desesperanzador registro policial. Como no podía ser de otra forma la puerta magnética de entrada en el país tuvo el buen gusto de saludarme e invitar a la autoridad competente a cachearme. Podía tratarse de una rubia despampanante, pero entre el personal del aeropuerto no se podía encontrar personal que respondiera a tal descripción. Al no poder explicar mi ritmo cardiaco ni mis sudores por el atractivo del agente en cuestión, las autoridades competentes no saben discernir si oculto algo o bien, soy un gay desatado. Al decantarse, erróneamente*, por la segunda opción, el policía se abstiene de cachearme por la zona genital donde se encontraba el bolsillo secreto. Pasado el mal trago, recojo mis bártulos y me enfrento a la burocracia africana. Relleno un impreso, de cuyas preguntas dudo de su relevancia para cualquier autoridad aérea o terrestre, para salir del área internacional. Mientras busco inspiración en el infinito, me cercioro de que el aeropuerto está completamente decorado con retratos de hombres de apariencia autóctona. En todos ellos se resaltan los símbolos religiosos y las arrugas faciales. Estas imágenes contrastan con las del otro lado del estrecho, donde las personas públicas huyen de la edad como de las calorías, solo hay que fijarse en los carteles de campaña de los lideres político cuyo esperpento fue la última campaña de Manuel Fraga en Galicia en la que prácticamente pretendía hacerse pasar por quinceañero.
*aclaración para las lectoras.
Siete horas de espera hasta la salida del avión a Abidjan. Sin experiencia en Casablanca ni la soltura que ella conlleva, eludimos adentrarnos en la ciudad. Muy a mi pesar lo primero que hacemos después de conquistar cierta libertad de movimientos en el país es buscar una zona de fumadores. Mis dos compañeros de viaje son de generaciones, sexos, ramas profesionales y orientaciones religiosas diferentes, sin embargo existe un vínculo muy fuerte entre ellos, el tabaco. Diría que asisto como espectador privilegiado, (sino fuera porque el fumador pasivo es el más perjudicado de la combustión del tabaco), a la aparición de lazos y conversaciones amistosas entre gran parte de los integrantes de la zona de fumadores. Mis compañeros con un cigarro entre los dedos y por primera vez en todo el viaje se hablan con entusiasmo y se escuchan con atención. No sé si la satisfacción de la necesidad es contagiosa o si fumar es un hábito de sociabilidad, pero veo nítidamente una finalidad al fumar. Lástima que el fin no justifique los medios.
Para salir de un ambiente tan ahumado y predicar con el ejemplo propongo sobre hábitos “saludables” de sociabilidad ir a tomar una cerveza africana. Para los lectores provenientes de países con tradición cervecera, precisar que los africanos beben y fabrican cerveza tipo Pilsen y que la consumen con la frecuencia que pueden, ya que es un producto caro comparativamente. Cuando estamos creando vínculos entre nosotros, mediante la ingesta simultánea de sustancias tóxicas como acababa de aprender, se rompe la atmósfera. Mis dos compañeros descubren que allí también se puede fumar y no desaprovechan la ocasión de atacar mis pulmones y los suyos propios. Por consiguiente, no sólo me invade una sensación de malestar sino que ellos se enzarzan en una discusión de lo que llamaría “trivialidades de fumadores”. Cuánto fumas, ¿has pensado en dejarlo?, ¿no crees que la estancia en África sería el sitio ideal?, ¿cuántos cartones llevas?...El malestar en mi estómago se incrementa. Jugando con el botellín de cerveza intentando abstraerme del dolor y de la conversación, caigo en la cuenta de que no podía beber alcohol. La profilaxis de la malaria que había comenzado a tomar el día antes y que era de ingesta diaria, no hacia buenas migas con el alcohol.
La malaria es una enfermedad que prevalece en zonas tropicales y que causa entre uno y tres millones de muertos al año. Un muerto cada 30 segundos. Sin embargo, entre las victimas encontramos mayoritariamente a mujeres embarazadas y niños puesto que un adulto habitante de una zona endémica es infectada con una frecuencia tal que desarrollan inmunidad adquirida, lo que significa que no sufren los síntomas aunque éstos sean portadores. La sintomatología incluye altas fiebres con posibilidad de dolor muscular y de cabeza, diarrea, tos y decaimiento. Las picaduras de las hembras de los mosquitos del género Anopheles son el modo en que el parásito accede al organismo. La malaria ya estaba presente en papiros egipcios y en la mitología china. En esta última se define como la acción conjunta de tres demonios simbolizados como el martillo, el cubo de agua helada y el horno ardiendo, representando respectivamente cefalea, escalofríos y fiebre.
La malaria afecta principalmente a países subdesarrollados y los seguidores de la filosofía “piensa mal y acertarás”, tan de moda hoy en día, defienden que éste es el motivo por el cual no se ha desarrollado aún una vacuna efectiva. En el último mes yo había pasado un curso intensivo de vacunología. Siendo descendiente como soy de progenitores dedicados a la sanidad, nunca fui poseedor de cartilla de vacunación. Cuchara de palo. Miedo a las agujas. Terapia de choque. 11 vacunas en tres semanas. Es la única posibilidad de mantener mi débil salud de hierro intacta. Supero las enfermedades en el anonimato de la autoinmunología en pleno periodo de exámenes. Quiero creer que mi desmotivación y falta de rigor en el estudio fueron causadas por los procesos internos que ocurrían en mi organismo. Sin embargo, que esta actitud haya sido una constante a lo largo de toda mi vida académica, salvo extrañas excepciones, reafirma la teoría de que las vacunas no eran, al menos, la única causa de mi actitud.
Monótona, aburrida y larga espera. Air Marroc nos promete y horas, varias horas después nos provee una comida. El menú consiste en un sándwich y un refresco caliente. El contenido del primero es indistinguible para todos y cada unos de mis siete sentidos, contando el de la oportunidad y el del humor y omitiendo el del ridículo. El del segundo pierde su razón de ser debido a su temperatura. Lo mejor de la comida es que no sabe a nada. La sala de espera en la que me encuentro está repleta de gente en la misma situación que yo, pero que la viven con mayor naturalidad. Son africanos. Me sorprendo en una actitud racista cuando me inunda la indignación por un hecho que observo. Veo cómo algunos niños y adultos desprecian la comida que nos han repartido. Son la clase alta africana, la que viaja y bebe Coca cola, la que no come si no le gusta. ¿Acaso por ser africanos no tienen el derecho a elegir que les otorga su nivel económico?
El inconveniente intrínseco de cualquier espera es retomar la actividad. Parece absurdo pero tras una espera de más de siete horas, llego tarde a la puerta de embarque. Este hecho no me altera lo más mínimo y me lo demuestro a mí mismo y a todos los asistentes, cayendo en el más profundo de los sueños, sin que el avión siquiera haya despegado. Despierto a las tres horas y cuarto, siendo objeto de envidia de todos mis compañeros de viaje que no han conseguido abstraerse ni por un instante del intenso dolor y de la incomodidad que supone tener las rodillas incrustadas en el respaldo del asiento anterior al suyo. A derecha e a izquierda solo percibo la ira que recién describo, sin embargo mirando hacia la cabina del aparato veo una cantidad ingente de calvas negras, y no me refiero a la dantesca imagen de mujeres de raza negra carentes de cuero cabelludo. Atendiendo a la panorámica, dudo que cualquier ideólogo racista fundamentase la inferioridad intelectual negra en el diámetro cefálico. ¡Vaya cabezones!
A mi regazo han llegado a parar un par de calcetines y un antifaz. Descartando la opción de que la película de Antonio Banderas, tenga un remake africano en el que el antifaz no tiene agujeros y los calcetines sustituyan a la capa, me decanto por que son obsequios de la aerolínea para facilitar el sueño a sus pasajeros, conscientes que dormir es la única manera de no hacerse polvo las rodillas. Suerte de mi superpoderes. Desde pequeño, siempre tuve la asombrosa capacidad de dormir en cualquier situación, lo que no hizo sino ganarme la animadversión de la plana mayor de mis profesores de secundaria.
El aeropuerto de Abidjan está perfectamente iluminado en plena noche africana. Suelos, paredes y techos con presencia publicitaria. Las marcas saben que los que tienen capacidad y gusto por consumir bajan del cielo. Enseguida, me hago consciente de una realidad menos colorida pero más relevante para mi futuro inmediato. Abundan los cuerpos de inseguridad. Uniformados de militares, policías o de simples de delincuentes, observan a los recién llegados como el lobo al rebaño de corderos. En la cola del control de equipajes, eufemismo de aquí te pillo…, mis dos compañeros demuestran visiones diferentes sobre el fenómeno de la corrupción en el aeropuerto. Óscar está al borde del ataque de nervios y dice que gente como ellos son los que hacen que África siga cavando su propia tumba. “La corrupción por la corrupción”, “No hay derecho, cuando te putean dan ganas de quedarte en casa y no volver nunca más aquí a ayudar”. “Delincuentes” es el calificativo más generoso que les propina. Por el contrario, Ana, mi otra acompañante, se muestra más comprensiva con el fenómeno. “En un país en que las políticas fiscales en contra de la desigualdad y a favor de la cohesión social son nulas, es natural que ciertos individuos se dediquen a cobrar sus propios impuestos a los ricos, de manera extraoficial y, por tanto, delictiva. El problema es que estos impuestos no se reparten y que cientos de gandules vivan de ello.” Además, Ana relata su experiencia del año precedente cuando al salir del país le abrieron la maleta y le exigieron pagar una multa por todos los regalos que llevaba sin pasar por aduanas. Ana, que portaba mucha mercancía, a costa de la dilapidación de su presupuesto, se negó a pagar tal multa, en primer lugar por principios y en segundo por ausencia de efectivo, o viceversa. Tras tenerla retenida durante varias horas, la soltaron. Como dice una canción “Disculpen si tienen que esperar hasta que les unten”. Probablemente no es que se apiadaran de ella, sino que vieron otro objetivo más prometedor.
La cola avanza lentamente al ritmo que los agentes sacan tajada. El control se ve cada vez más cerca y yo me siento observado. Creo creer que todo el mundo sabe que es mi primera vez, que tan solo tengo 21 años y que estoy cagado. Sin llegar, por mantener la compostura, a abrazarme a las piernas de mis compañeros, me protejo de miradas y posibles comparaciones tras sus siluetas. El fin de la cola está más cerca. Al final de la cola ésta se bifurca en tres. Me pregunto si es para que te separes de tus acompañantes y seas más vulnerable. Sea este el objetivo o no, éste es el resultado en mi caso. Delante de mí solo queda una chica rubia francófona. Es muy guapa pero mis testículos se han ido de escalada hasta mi garganta por lo que no estoy en disposición de realizar ningún acercamiento. La chica atrae la atención de gran número de cuerpos de inseguridad. Este hecho despojaba a Óscar de la razón cuando enunciaba “A esta gente sólo les interesa nuestro dinero”. La susodicha rubia muestra además del pasaporte y del libro de vacunaciones, una invitación. Mi creciente miopía me impide saber más acerca del documento. Los agentes centran ahora su curiosidad en el documento, lo leen con detenimiento o simplemente lentamente. Al final uno de ellos coge las maletas de la chica y sin que ella muestre rechazo alguno la conduce por una puerta especial. Me pregunto si está obteniendo un trato de favor o pasada esa puerta se verá obligada a hacer una aportación dineraria para los estudios del primogénito del agente que la acompaña, unos estudios en la prestigiosa universidad de la calle.
Yo tengo muy presente que soy portador de una auténtica fortuna por la cual los agentes ante los que estoy matarían. Observo como uno de éstos despoja a mis maletas de sus etiquetas. Esto está fuera de toda legalidad, puesto que desde este instante, legalmente no puedo demostrar que esas maletas y por ende, su contenido, son de mi propiedad. Puerta abierta a la corrupción. Paso el control sin cacheo. Dinero y vida a salvo. Tras pasar por los infrarrojos, un agente nos pide que abramos una de las maletas. Curiosamente, es la más vieja y ajada. Nuestro equipaje consta de ropa y enseres personales, pero fundamentalmente de donaciones materiales, material escolar y medicamentos. Estos últimos no están declarados. Si la maleta contiene los medicamentos puede que duerma mi primera noche africana en Costa de Marfil. Ana da un paso al frente y me pasa su monedero, en el que también llevaba una suma imponente, para que lo ocultase. Yo delego, como solo delegan los cobardes. Un grupo de agentes rodean la maleta y la abren cual cofre del tesoro. Material escolar y camisetas infantiles de propaganda. Uno de ellos coge una caja de plastidecores y la arroja al suelo mientras se marcha con desidia. Los otros ríen e intentan presionar a Ana. Ella explica que somos de una ONG cristiana y que todo eso es para los niños del colegio. Cuando se cansan, la dejan ir y retomamos nuestra marcha.
Llegamos a la zona de espera donde un compañero de la misión de Abidjan nos esperaba para darnos la bienvenida y llevarnos a la misión. Parece que Ana y Óscar lo han reconocido porque se dirigen hacia un hombre blanco que sostiene entre sus manos el retrato de otro hombre blanco que no reconozco. Por el saludo entre ellos deduzco que no se conocen, que era aquel retrato el que había servido de identificador. ¿Quién es? No pregunto por pura pereza y por no romper la sintonía que se había creado. Como a todos los individuos que habían tenido la suerte o la desgracia de cruzarse con nosotros ese día Óscar empieza a relatarle a nuestro nuevo compañero su historia y sus sensaciones.
Óscar en sus me había advertido que la primera vez que se toma contacto con la realidad, se experimenta un show que puede llevar al pánico. Mientras recorríamos los barrios más degradados que colindan con el aeropuerto, no veo nada que no me esperaba. La noche se cerraba sobre Abidjan y las chabolas se organizaban en hileras, no había más iluminación que la de la luna y las estrellas y los precarios focos del coche. No se puede decir que la basura se esté a un lado y a otro, porque no podías establecer ese punto de referencia donde no la hubiese. Pertenezco a una generación que ha crecido asistiendo a todo tipo de espectáculos televisivos y quizás por eso soy menos impresionable. ¿O puede que sea egoísmo? Que no sea capaz de sufrir verdaderamente por los otros. Conforme nos adentramos en la ciudad el ruido crece. Los bares se hacen protagonistas, la gente se mueve, baila, canta grita y discute. La música se hace con la noche. La ciudad está agitada y tan sólo es martes. Llegamos a la misión, el edificio se diferencia de los otros por el simple hecho de haber sido diseñado por un arquitecto. Más alto, más consistente e iluminado. Sin energía para seguir con mi diagnóstico, ocupo la habitación que me es asignada y me meto en la cama. Una cama que no tiene nada que envidiar a la de mi piso de Barcelona, o será el cansancio que lo hace irrelevante.
