Después de cenar, voy a la sala del ordenador de la misión. Mi objetivo principal es mirar si han salido las notas. Estoy nervioso ya que este año había combinado una racha de gandulería galopante con bastante mala suerte en los exámenes. Para los que, como yo, no crean en la suerte puntualizaré que con mala suerte, me refiero a que, la falta de preparación me había hecho afrontar con menos seguridad las pruebas, con lo que los enunciados resultaban más confusos y mi concentración estaba más dispersa, lo que propiciaba errores tontos o de apreciación, y un acuciante déficit de tiempo en todos lo exámenes. Conforme se cargaba la página revivía las sensaciones que tenía al salir de cada examen. Había estimado que salvo catástrofe el máximo de asignaturas que podía suspender era dos, pero si me quedaban dos o una, no estaría nada satisfecho. Por fín, la página se carga. Sólo está la nota de francés. Un seis, muy peleado, pero totalmente inmerecido, dadas las dificultades que estaba encontrando para expresarme en mis primeros días en Costa de Marfil. Habiendo ganado una batalla, pero con la guerra aún sin decidir consulto mi correo. Nada. Decepción.
Me retiro a mis aposentos a descansar, dado que mañana, saldremos con el sol hacía Korhogo. No encuentro la postura en la cama. Me levanto, deshaciéndome de la mosquitera que me protege de los insectos. Cojo el cuaderno y tacho la ultima linea, de la ultima página, que había escrito horas antes. ¿Cómo puedo ser tan idiota de escribir eso sobre una chica que apenas conozco?, O sí, ¿la conozco?
Hacía casi dos años estaba en plenos trámites de expulsión de mi colegio mayor. El motivos era que un buen día, el grupo de veteranos y veteranas dejamos la gobernanza de nuestros actos a las pulsiones más destructivas del Tánatos, durante un breve, pero intenso por los dormitorios de los novatos. Sembramos un caos fácilmente reversible, pero no por ello menos impresionante para unos novatos que habían sido reunidos en su primera reunión de residencia para conocer las normas. Nosotros sólo mostramos el modo en que no se debía proceder. La ropa en el suelo, la cama en el armario, los apuntes desordenados y todo esto rociado con un poco de espuma de afeitar. Estos actos delictivos, a los ojos del director, pero tradición de bienvenida de obligado seguimiento, a los ojos de los ejecutores de la misma, llegaron a los oídos de la dirección por un procedimiento tan antiguo como ruin, un chivatazo. El director, que de aquí en adelante, llamaré el Gran Inquisidor, abrió un procedimiento de sanción, “tolerancia cero con las novatadas”. Roma no paga a traidores, pero el Gran Inquisidor sí. Todos aquellos que se presentaron en su despacho para señalar culpables alternativos a ellos mismos, disfrutaron de la conmutación de las penas. Los pocos, pero nobles pringados que no lo hicimos vimos nuestros huesos en la calle. Entonces comenzó una época en mi vida, de acción protesta, que mi generación no ha tenido el dudoso privilegio de vivir. Manifiestos, recogida de firmas, cartas a los periódicos y canciones protesta, que de nada sirvieron, pero… y lo qué nos divertimos.
En éstas andaba yo un día cuando me abordó una compañera de residencia al salir de clase, para preguntarme cómo estaba el tema. Yo no pude seguir con mi apasionada versión de los hechos, cuando se cruzo en mi campo visual su amiga, una chica de rizos, a la que llamaré a partir de ahora: la chica de rizos. Tras ese episodio, mi vida, en lucha contra la autoridad del Gran Inquisidor, siguió su curso. Hasta que un día volviendo de fiesta a las seis de la mañana me encontré en el metro, a mi compañera de residencia y a la chica de rizos. Yo no estaba borracho, aunque si contento pues había estado tonteando con éxito con una chica de mi curso, pero lo parecía porque comencé a decirle a la chica de rizos que la quería, que estaba locamente enamorado de ella. Todo ello en un tono cómico, el cual no entendía mi compañera de residencia ya que me contestaba con todo tipo de improperios. A pesar de todo, hacía reír a la chica de rizos y eso, no lo pude olvidar. No lo pude olvidar, porque tras ese incidente cada vez que cruzaba con ella por la universidad, sentía tanto bochorno que no la podía mirar a los ojos.
El tiempo pasó, y cuando ya casi había olvidado el episodio y su sonrisa ese día, el destino, el cual no existe, pero es caprichoso de cojones, decidió que los únicos asientos libres en ese autobús, en plena viaje de estudios en Riviera Maya, en los que ella y su amiga se iban a sentar, estaban situados exactamente detrás del mío. Me pase todo el viaje de ida sin girarme, intentando dormir. El viaje fue largo. El destino era cierto cenote. Un cenote es una especie de piscina natural, y no tiene nada que ver con la dimensión de un banquete al atardecer, y quién bromee sobre eso, “es un bicho canasto, en el árbol genealógico de la creatividad” como dijo una vez un poeta argentino.
La vuelta se presumía larga y aburrida, más aún en el estado de incomodidad en el que me encontraba. De repente, me di cuenta que sólo un perdedor vería esa situación como una amenaza y no como una oportunidad. Me di la vuelta y comencé a hablar con ellas. Fue la primera vez que una chica me pidió que le contase una historia de miedo. Yo me di cuenta que es más fácil hacer a alguien sentir y reír, cuando le has estremecido antes. No se si es que es muy buen truco, o es que había mucha química. El resto del viaje, nos buscamos y nos medimos, sin quererlo o sin saberlo. El último día en una escalada de tequila hice una escalada en su cuello. Yo pensaba que no había llegado a la cima, hasta que me di cuenta, que ésta estaba entre el cuello y el ombligo y que quizás, allí… había llegado.
A la vuelta, sólo quedaban dos días para mi viaje a Costa de Marfil. La última tarde en Barcelona, la pase con ella. Recuerdo perfectamente lo que escribí en la servilleta de la heladería. “Que quede para la historia, que quiero enamorar a esta chica”.

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