jueves 29 de enero de 2009

Día 5. A dormir

Antes de volver a enfundar, veo como proliferan por verdadera generación espontánea, una legión de vendedores ambulantes en ese punto kilométrico privilegiado por encontrarse al costado de una gasolinera. Todos se dirigen en tromba hacía Oscar, como atraídos por el blanco de su piel. Naranjas de un amarillo insultante, plátanos, cocos y todo tipo de frutos secos. Oscar se refugia en la furgoneta. Nuestros ruidosos y altivos compañeros de viajes se aprovisionan para el largo viaje que queda por delante. Yo aprovecho la coyuntura para refugiarme en el vehiculo al lado de Oscar. Es curioso el saldo de las transacciones comerciales. Los blancos habíamos sido los únicos que no habíamos comprado nada de toda la expedición.

Se reanuda la marcha. Le digo a Djorou que tengo que reflexionar sobre todo lo que me ha dicho y que me sentaré entre Oscar y el conductor, en la parte delantera, concretamente, disfrutando de cada movimiento de la palanca de cambios.

Intento poner en orden mis pensamientos. Entiendo que el gobierno y el ejército francés intenten asegurar para sus empresas, la explotación de cacao, café y gas. Además supongo que para ellos es sumamente atractivo tener un mercado cautivo para explotar el monopolio de la industria telefónica, la energía y la construcción de infraestructuras. Pero ¿Hasta donde llega el afán de un país occidental como Francia por asegurarse un caudal seguro y constante de divisas? La perspectiva negativa a la que me enfrento, me hunde en el desánimo. Intento compartir con Oscar mi reflexión, con la esperanza de que él me dé un contra argumento que sofoque mi desasosiego. “Mi gozo en un pozo” pues Osar me dice exactamente lo que no quería oír. “Los franceses sólo se mueven por sus intereses, a mi me ha llegado que ellos fueron los que fomentaron la rebelión y la guerra, pues armaban a los dos bandos. Todo porque el gobierno legitimo quería liberalizar ciertos mercados y empezar a hacer acuerdos comerciales con China. Ahora se habla de alto al fuego, pero también corren rumores de que han encontrado yacimientos de petróleo o de diamantes. A mi los franceses no me gustan un pelo”. A mi lo que me apena más es que creo que no son los franceses los indeseables. Es el dinero el que nubla el juicio del hombre hasta el punto de empujarle a la barbarie. Unas agitadas turbulencias me sacan de mi reflexión. Nos acercamos al frente de guerra. El irregular y desgastado asfalto quedaba atrás y en el horizonte solo se proyectaba un camino de tierra donde los baches hacían del zigzag la hoja de ruta. Le pregunto al conductor porqué dejaron de asfaltar en ese punto. El entre risas me responde que asfaltar lo asfaltaron todo pero que durante la guerra, los rebeldes arrancaron el asfalto para fabricar sus trincheras. Su testimonio me descoloca. ¡Con las manos! Agus o Aruma, quién quiera que seas creo que es hora de ir a dormir.