martes 21 de abril de 2009

Día 5. Fín de viaje

Ni cinturón, ni airbag, es mi nariz el objeto encargado de amortiguar la colisión de mi cráneo contra el cristal delantero del vehículo. Sin tiempo para alégrame de haber salido indemne de tal circunstancia, veo un Kalasnicov que asoma por la ventanilla. Me cercioro de que no es un mal sueño. Un control de carreteras del ejército rebelde a detenido nuestra tranquila marcha. Una banda de clavos impide nuestra profesión mientras una decena de hombres rodean nuestro vehículo exhibiendo su fusil.
- ¿A dónde va patrón?- dice el hombre Kalasnicov a Oscar.
- Somos de una misión católica y vamos a Korogho.- dice Oscar con la voz entrecortada pero con más aplomo del que yo podría soñar poseer en esa situación- y no me llame patrón, porque no lo soy.
- ¡Esos de allí detrás, no parecen misioneros europeos precisamente!, entrégame la documentación de todos.
En ese momento hecho la vista atrás y observo la mirada de asco de Djorou y los demás ante las palabras y la sonrisa prepotente del Kalasnicov parlante. Buscan, sacan sus papeles con la indignación de tener que rendir cuentas a esos hombres que habían puesto patas arriba el país y matado a muchos de sus amigos que fueron reclutados forzosamente.
Yo, demostrándome a mí mismo y a todos los presentes lo insulsa que puede resultar la planificación cuando uno es tonto de remate, descubro que mi pasaporte está en el bolsillo secreto, junto con toda la pasta gansa de la que somos portadores. Saco el pasaporte desposeyendo de su identidad al bolsillo secreto. Salvo que demuestren ser extremadamente poco observadores y definitivamente bobos, nuestros asaltantes ya saben dónde encontrar lo que buscan. Sudor frio. El corazón se acelera. Uno de los rebeldes se lleva toda la documentación y se adentra en una caseta de madera a comprobarla. Pero Don Kalasnicov nos formula una oferta que no sé hasta qué punto es sabio rechazar:
- Patrón, nos podríamos olvidar de todo este lio, si hicierais alguna donación para nuestra causa.
Me pregunto a qué se referirá con eso de su causa. ¿La rebelión en Costa de Marfil?, ¿La revolución mundial de los vagos y maleantes? o ¿La asociación en pro de los niños soldados? Al no abrirse un turno de ruegos y preguntas y movido por el puro instinto de supervivencia, me guardo la reflexión.
- No tenemos nada para ti. Nada de lo que hay en esta furgoneta nos pertenece así que no podemos dártelo.

No sé si Don Kalasnicov realmente estaba interiorizando la clase de lógica aristotélica que Oscar acababa de darle, pero yo me quedo impresionado.
- ¡Patron!... no me engañe, no me lo creo.
¡Y tanto que lo había pillado! Lejos de quedarse paralizado por los argumentos de Oscar, Don Kalasnicov pone en duda el axioma de partida “Nada de lo que hay en esta furgoneta nos pertenece” para desmontar su conclusión “No tenemos nada para ti”. Por mi parte, comienzo a estar tan atónito como asustado.
- ¿Patrón yo?...por qué piensas que yo soy el patrón.
- Si tú no eres el patrón rico quién va a ser.
- Él.-dice Oscar señalándome- Él es el patrón.
Este es un ascenso repentino, inmerecido y a todas luces inconveniente. Don K me mira de arriba abajo y me sonríe. Creo que me toca empezar a narrar en primera persona esta historia.
- ¿Qué tienes para mí, padre?
Palpo en mi cuello esa cruz de madera que me habían recomendado llevar precisamente para en situaciones así, ganarme la empatía de los asaltantes potenciales.
- …nNn…- ni articular palabra puedo.
- Nada. No tiene nada. No habla muy bien francés aún- Dice Oscar de manera providencial.
- Patrón, tu sabes cómo está la situación. Nosotros estamos dando la vida por nuestro país y nadie nos paga. Usted es rico, denos algo para comer.
En sus palabras se percibía un cinismo galopante, sin embargo la contemplación del Kalasnicov apuntando hacia nosotros hacía que nos tomásemos sus palabras muy en serio. Sin embargo, Oscar responde rápido y no muestra vacilación alguna.
- No tenemos nada para vosotros. Lo siento.
Don K atisba otro vehículo en el horizonte, hace un gesto hacia la caseta y el agente antes mencionado vuelve corriendo con nuestra documentación.
- La documentación es correcta. Sigan con su camino y recen por nosotros.
- Lo haremos.- responde Oscar apretándole la mano.
Apartan las bandas de clavos y la furgoneta esta vez sí, arranca a la primera. Salimos del enclave. Me invade la excitación propia de haber salido de un peligro. Siento el impulso de hablar para liberar la tensión. Felicito a Oscar y comento su actuación. Yo no sé si ese temple es innato, lo obtuvo en la mili o si no le tiene ningún apego a la vida. Oscar me explica que no había peligro de muerte puesto que si uno de éstos se carga a un blanco, “se le cae el pelo hasta de la nariz”. Yo sin saber hasta qué punto esa afirmación es verosímil, le pregunto si con eso quiere decir que de los pobres autóctonos que paran sí que sacan tajada. Me responde que de ellos es dónde hacen dinero que a nosotros nos paran por pura diversión… Y yo que les hace un momento les hubiera dado hasta la última de mis pertenencias para que no me dieran sepultura. ¡Qué cobarde y bobo soy, pero que feliz de estar vivo!