Todo sucede demasiado lento. Korhogo parece haberse mudado. No hay atisbo de la ciudad. Mi cuerpo, hastiado y en parte deshidratado por la temperatura ambiental y el ajetreo de la furgoneta, languidece por la ingesta del líquido elemento. Todo a mi alrededor parece detenerse, la gente pasa impune a tu malestar y los sonidos se clavan en tu mente, martilleando todos tus sentidos, y tu boca grita y tu estómago gime. No importa lo que suceda al margen de la necesidad biológica que susurra a tus espaldas….agua…y todo se reanuda a su paso. Ya nadie decía nada, no había ni ganas ni energía para hacerlo. Una estatua de sal en el horizonte. Ese hombre blanco nos estaba esperando bajo el árido sol de la sabana africana. Él no dice nada, se limita a mirarnos, y sus ojos denotan una mezcla amarga, entre curiosidad y cansancio; parece como si su vigilia fuera esperar a los eternos aspirantes a cambiar el mundo.
El reloj solar que forma la sombra de un temerario árbol desojado en el medio de la nada, marca las tres de la tarde. Lorenzo, que es como se llamaba nuestro anfitrión no había previsto alimento alguno para nosotros. Mi cuerpo espera intranquilo a que llegue el momento de ingerir algo sólido o líquido. Nunca antes he experimentado la flagrante insatisfacción de necesidades tan básicas. Oscar habla con Lorenzo aparte y este propone a los recién llegados comer en el maqui de la calle un pescado asado, que el describe y prescribe como delicioso.
La multitud acepta resignada. No les agrada la perspectiva de abonar una comida a la que creían estar invitados. Honestamente, mis preocupaciones son otras, la sugerencia no me entusiasmaba especialmente. Otra vez pescado asado picante y además de pie. En mi estado de languidez me pregunto ¿Dónde quedan esos homenajes gastronómicos con los que honraba a mi gaznate, en el sofá de mi casa mientras veía el magacín
Deportivo? Ya sólo era una vaga ilusión, no existe y probablemente después de lo que estoy viviendo no volverá a tener sentido. Mientras mi mente divaga, mi cuerpo ya se ha encaminado autónomamente hacia el establecimiento, ya al fin un puchero de calentado con gas en un lado de la carretera es un establecimiento en toda regla. Alguien me agarra del brazo y detiene mi marcha. Es Oscar que me comunica que nosotros no iremos a comer con el resto. Me comunica que, una vez los jóvenes se hubieran ido, dos maravillosos platos de arroz nos serían servidos. Yo no veo con buenos ojos tal discriminación positiva hacia mi persona, no me considero merecedor de esa distinción. Oscar en cambio está poseído por la sensación de hambre y altivo, anima a aquellos hombres a partir. Yo no soy fui capaz de reaccionar, mi conciencia me pedía que impidiese tal injusticia, pero mi sistema nervioso agotado por el cansancio seguía tan sólo las directrices de mi estomago. Tenedor en mano sentía rencor hacía mi falta de valentía y sentido de la fraternidad para con aquellos compañeros de viaje a los que habíamos echado de casa y negado alimento para poder disfrutar nosotros de él. Me gustase o no estaba comiendo ese arroz por el único hecho de ser blanco. Me siento un Judas, para Djorou. La confirmación de todo lo que el me había comunicado en la furgoneta. “Los blancos sacrificamos el bienestar de los negros por el nuestro propio.” Como en todo acto de deslealtad aún queda la parte más dolorosa para el infiel: ser piyado in fraganti. Cuando estamos dando cuenta de nuestros platos, uno de los jóvenes entra en búsqueda de agua. Nos mira con desengaño. “Blancos y negros no comparten mesa ni alimentos”. Ante su mirada me siento incapaz de pronunciar palabra. “Tierra trágame”.
Me siento un traidor y así se lo hago saber a Oscar. Sin embargo, él no parece inmutarse. Su felicidad por haber regresado a la ciudad de la cual hacía cinco años que no tenía contacto, hace que la felonía de la cual yo he sido cómplice minutos antes, pase inadvertida y llegue a convertirse en un hecho mundano y completamente natural. Simplemente, “No había comida para todos”.
Me retiro a reflexionar a mis aposentos. A mi paso por el patio soy objeto de las miradas desidia del grupo de jóvenes. Djorou ni se molesta en mirarme. No se si en este momento soy todo lo que odio u odio todo lo que soy.
Al llegar a la habitación, intento distraer mi auto fobia deshaciendo la maleta. Una vez he acabado, procedo a lavarme los dientes para eliminar toda señal de traición y deshonra que aún permanecía conmigo. Empuño el neceser que mi madre me ha preparado días siempre preocupada por mi higiene haya donde vaya. Al abrirlo contemplo como dos productos, que jamás en mi vida había utilizado, aparecen entre el amasijo de medicinas y enseres: hilo dental y crema hidratante. Me siento un pijazo insoportable jugando a ser solidario. ¿Para qué cojones quería yo ese hilo dental en África?; como si de un autómata capitalista se tratase, comienzo a utilizarlo frente a un diminuto espejo. Siento entre rabia y asco hacia a la persona que está reflejada en aquel vidrio. ¿Quién soy en realidad?
miércoles 13 de mayo de 2009
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